A pesar de varios intentos y logros personales, las carreras de dos actores como Jennifer Aniston y Owen Wilson no han podido evadir a un notorio encasillamiento desde hace un buen tiempo. El caso de Wilson es especialmente lamentable puesto que en varios proyectos personales (como las películas de su compinche Wes Anderson) había demostrado cierta versatilidad. La última cinta en la que estos actores de registro cercano se encuentran, no ha sido la excepción. Lanzada como el último producto navideño, Marley y yo es una película modelo de ese estilo tan norteamericano en el que la comedia sentimental es servida con la sencillez suficiente para conquistar emociones fáciles y asegurarse de ser una de las preferidas en la temporada familiar. ¿Qué otra cosa parece ofrecer una película con perros en la portada?

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Pues con las disculpas de los canes y sus amigos, no puedo disimular los muchos prejuicios que finalmente quedan corroborados cuando -después de pensarlo varias veces- acudo a ver estas realizaciones que rápidamente aspirarán a eternizarse en las programaciones de los más diversos canales de cable. La historia de best seller ideada y protagonizada por el periodista John Grogan era un blockbuster esperado y consumado. Así es como vemos al buen John y su esposa Jenny convertidos en los esforzados padres de un perro incorregible que los desesperará, molestará, y alegrará, a lo largo de los años en los que estos yuppies de la prensa van convirtiéndose en cabeza de la típica familia estadounidense que, con todos los problemas que exige nuestra era realista, conservan aún la esencia de la bondad y pureza de otras célebres parejas como James Stewart y Donna Reed en It’s a Wonderful Life.

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No esperen ver alguna sorpresa. Aquí lo que cuenta es narrar un cuento de seres fácilmente identificables con el común de los mortales y tratar de ganarse la atención del público a base de las ocurrencias narradas al estilo de crónicas, tal y cual John las presenta en sus columnas semanales que se hacen de tantos adeptos en la ficción (¿una proyección de los que sería su libro?). Como en tantos otros casos semejantes, lo más interesante se reduce a especular con los “casi”. El director David Frankel (el mismo de The Devil Wears Prada) pudo haberle sacado mejor provecho al lado irónico de ese reportaje a la vida clasemediera. No cabe duda que Aniston y Wilson funcionan bien como pareja en la pantalla y nos otorgan cierto entretenimiento por momentos, pero se hecha de menos algo de malicia en sus replicas y actitudes. Claro que no hablamos de algo cercano a Los Simpson, pero si algo que logre zafarse de los límites de las sitcoms, con las que esta larga historia se confunde.

El relato se conforma por una acumulación de anécdotas que dan forma a un álbum de fotos elaborado con recetario conocido hasta el aburrimiento. Como cuadros colgados con exactitud milimétrica hasta conseguir la impersonalidad del conjunto. No podíamos exigirle demasiado a esta película salvo un pizca de asombro. Esa “cualidad” apenas nos es concedida miserablemente en el pequeño papel de instructora de canes que tiene a su cargo Kathleen Turner. Después de ello lo único que debemos esperar es que todo se desarrolle en el curso de la vida de los Grogan y su mascota tal y como aquella sentencia de “ver secar la pintura”. Aquel lema dedicado injustamente al cine de Eric Rohmer, se convierte en la conclusión más precisa que podemos hacer de esta familia cinematográfica tan “ideal”, bella, y decente hasta el bostezo. ¿Qué hubiese sido de sus vidas sin el alborotador Marley?

Marley & Me (2008)

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