Changeling: El otro rostro de la institución
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por
Jorge Esponda

Como otros creadores maduros de la cinematografía y cultura estadounidense, Clint Eastwood es un extraño conservador. Sus opiniones sociales o políticas mantienen la postura de protección al orden tradicional aunque siempre encuentre en ellas las contradicciones o las inevitables aristas que delatan el envejecimiento o la caducidad que hacen la necesaria renovación. Proceso esencial y últimamente no tan sutil en el transcurso de la humanidad y sus naciones. A pulso y por varias etapas, Eastwood ha ido forjando un estilo y una peculiar mirada que en sus películas decididamente de autor, ha sabido ser la proyección de una sensibilidad compleja que cuida y a la vez se lamenta por mucho de aquello que a falta de mejor término llamamos tradición.
Una película como Changeling no ha sido precisamente un proyecto impulsado por la terquedad de su director (el guión fue ofrecido en primer término a Ron Howard, quien si funge de productor), pero la maestría con la cual se despliega esta apasionante historia conserva toda la personalidad de este gran autor norteamericano. Y no es que esta recreación de época sea suficiente para encuadrarlo dentro de la órbita de sus admirados Ford y Huston. El cine de Eastwood se define por su actualidad dentro de su impecable clasicismo. Como aquellos, se impone la intuición de un narrador al pie de la letra pero asentado en las convulsiones postmodernas, y a la par que otras películas notables que ha realizado, en Changeling resulta difícil no rastrear las alusiones a su país en el mundo contemporáneo. Es la natural trascendencia que se encuentra a veces de manera natural, al dominar los medios propios luego de búsquedas. Vaya que la de Clint ha sido larga pero finalmente fructífera.
En Changeling presenciamos un drama personal, una situación límite pero desarrollada sin estridencias, con seguridad y detallismo. Al estilo de una de esas crónicas que luego se convierten en populares historias de la bohemia citadina, la película desarrolla la historia de Christine Collins una mujer que en el Los Angeles en expansión de 1928, protagonizó un sonado caso policial que develó los manejos facistoides y corruptos de la policía y las entidades de protección ciudadana. Eastwood convierte a este personaje y su desesperación en pretexto para desmenuzar nuevamente su particular opinión sobre la esencia del orden y la ley, del estado y sus procedimientos. Pero lo fascinante de este caso es que con todos estos ingredientes que hacen el menú de incontables películas bien intencionadas, el cineasta realiza un extraño melodrama, un ejercicio de estilo depurado en el cual ese aire añejo e histórico del recuento del caso, navega en un difícil equilibrio con la garra propia de los mayores exponentes del género.

Sin recurrir a efectismos de ninguna clase -con excepción de la sutil y triste melodía incidental, obra de propio Eastwood- se planta el conflicto. Una madre soltera y esforzada trabajadora, regresa un día a su casa y descubre que su pequeño hijo ha desaparecido. No hay exaltaciones innecesarias y tal contención es el necesario ingrediente para que ese manto caleidoscópico se extienda como una lúcida observación cargada de cierta amargura o tono crepuscular que son la firma y sello de Eastwood. Lo cual no quiere decir que Changeling sea una película que agrava las tintas. Su apuesta es mucho más elaborada que solo servirse de este escenario ideal para las exaltaciones dramáticas. Como en la excelente Flags of Our Fathers vemos como la confianza depositada en el sistema se ve alterada cuando la versión en negativo de esta última, es instalada ante las contingencias. La historia vuelve sobre ese temor no tan escondido de las sociedades liberales y autosuficientes ante la posibilidad de la represión, las dictaduras o las imposiciones reaccionarias de cualquier tipo con pretexto del llamado “bien común”.
En aquella cinta protagonizada por los soldados en Iwo Jima, la gloria, y el patriotismo eran solo los fuegos artificiales que se sucedían rápidamente por la imagen calculada y artificial de la foto simbolizando la campaña y afirmando las verdades oficiales. La historia de Christine Collins esta definida por ese mismo punto de quiebre. El verdadero sentido de esa pérdida de la inocencia esta condicionada ante la imagen que le es ofrecida a cambio de su fe depositada en las instituciones. Su solicitud de ayuda hacia ellas le es respondida con la simulación de un acto benéfico, en la apariencia de un niño que no es el suyo y con el cual debe adecuarse como un mero trámite.
Es de esa forma que Christine, como varios otros personajes de Eastwood, pasa a convertirse en un outsider al ser incapaz de someterse a tales designios. Es interesante por ello destacar el contexto en el que se desenvuelva la odisea del personaje. La ciudad más pujante y glamorosa de California, es presentada en esos años como el dominio de las acciones extremistas de la policía y el gobierno, llenándose de mafias hasta mimetizarse con ellas. Pero incluso todo esto es presentado bajo las sombras. Nunca llena un espacio completo a no ser que haya pasado previamente por el traspatio, por todos esos suburbios de aparente tranquilidad (y fotografiados impecablemente) en los que algo como la unidad familiar parece indestructible. Pero no olvidemos que así también se contextualizaba la atroz historia de Mystic River.

Como aquella, esta también es una historia de vampiros acechando la llamada normalidad. Aquí aparecen desoyendo reclamos, planificando jugadas políticas, o simplemente saciando su voraz apetito de puerta en puerta y de calle en calle. Tal vez esta última, por ser la menos burocrática de todas estas actividades, es la más condenada (nuevamente por el “bien común”). Aunque no lo aparente demasiado, el personaje del reverendo Briegleb que interpreta John Malkovich cumple a nuestros ojos el papel de relator de este período convulso y sensible, a pesar de que puede resultar para muchos muy enfático y desgajado del resto. A su modo es quien alimenta mejor ese aire acronicado y periodístico al cual formalmente se adhiere la cinta impregnándola de insólita sobriedad en los momentos en los que la película transita en los pantanosos terrenos del posible tremendismo.
Aún así ese sabor de decepción es el que circunda por todos los tramos de la historia de Christine. Ante los demás pasa como perturbadora del orden, como hija que deberá entender, a la fuerza, las acciones tomadas en su beneficio. Angelina Jolie se adapta muy bien al estilo de Eastwood y maneja un aire taciturno apenas quebrado por su desconcierto ante una sociedad que por momentos la transforma en una suerte de heroína de un film de horror a lo Body Snatchers, donde hasta los niños forman parte de una conspiración silenciosa y expectante, y que desembocará en dos de los escenarios predilectos de las tesis libertarias: el manicomio y el tribunal. Uno será el clímax o la representación paroxística de la represión, un universo demente en el cual la única lucidez proviene de las internas siendo víctimas de profesionales delineados por sus propios procedimientos y algún otro interés creado. El otro es el lugar de la final reivindicación, donde para tratar de recuperar la confianza de la heroína por su sociedad, deberá de tumbarse uno a uno a cuanto notorio mastodonte haya formado parte de la cadena. No poca ironía revela el director en estos momentos que aparentan corrección política hasta que una maliciosa sonrisa revanchista se va dibujando en ese rostro bello pero surcado por la conciencia. En esta ocasión nos permitimos ver un sutil, pero no menos desolador desenlace, en el que dentro de la protagonista existe todavía la terquedad de seguir adelante y pervivir en su ilusión a costa de los claroscluros de esa vida en pantalla, y rayar en lo obsesivo. Lo mismo debe de impulsar a Eastwood a seguir filmando con seguridad.




ja
justo escribía sobre mystic river
clint es uno de los grandes
Ahora a esperar Gran Torino!!
[...] esencia Gran Torino es un retrato costumbrista, incluso mucho más que la no menos notable Changeling que si se movilizaba a partir de una intriga en el más estricto sentido. Acá las acciones se [...]
[...] El sustituto (Changeling): En el cine norteamericano, y de otros lados, abundan los retratos de una lucha [...]