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Haciendo honor a su título, esta película si que es un curioso caso. Los característicos premios otorgados por la industria la vienen distinguiendo pues ofrece todo el repertorio del que gustan: una historia romántica, una retrato de no solo una sino varias épocas, una adaptación de un monstruo sagrado de la literatura (aunque bastante libre por cierto), y además protagonizada por estrellas. Lo raro del caso es tener a un personaje tan extraño como protagonista. No es que sea propiamente un peculiar o iluminado héroe de novela. Incluso los personajes con discapacidades mentales o físicas son aceptados ahora más en estos roles. Pero Benjamin Button tiene un grado de trasgresión hacia estas reglas, todavía mayor.

Nadie diría que se trata de un personaje de un relato histórico sino más bien de alguno proveniente de las ficciones bizarras. Un exacerbado romanticismo lo confirma a pesar de la ironía y el estilo de crónica que tiene la fuente original. Al Benjamin de la película lo vemos existir “a la inversa” pero con una seriedad y cotidianeidad que contradice su propia condición. Tal vez desde ahí más que la secuencia del relojero y la buscada justificación del insólito trance vital del protagonista, es que vamos cayendo rápidamente en los defectos propios de ese cine “de prestigio” o “de calidad” al cual se afilia esta producción de la Warner y la Paramount.

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Se sabe muy bien que el director David Fincher atravesó por varios problemas a la hora del corte final (la pareja Marshall-Kennedy aparece como productora). No sabemos si sus intenciones originales sean mejores pero si que el conflicto pesa en el resultado. Este caso curioso esta narrado con oficio, pero se le siente accidentado debido al intento –fallido muchas veces- de querer ser la representación de toda una gran historia, especialmente les que recorren de la primera a la segunda guerra mundial. Y para muchos que mejor forma de hacerlo que poniendo en escena a un personaje tan excepcional como aquellos sucesos y que además es bien intencionado y romántico. En resumen un buen ciudadano que se impone a su condición. No es raro que se le identifique con el infame Forrest Gump casi de inmediato.

Pero a favor de Benjamin podemos decir que con todos sus efectismos (a estas alturas no le vamos a pedir al rankeado Fincher que intente cosas nuevas), no se encuentra al nivel burdo e innecesariamente distendido de la película de Robert Zemeckis. Lo más probable es que Fincher haya intentando acercarse al modelo de su película anterior Zodiac, que con todas las diferencias de tono y estilo, era un redondo retrato de época pero conducido con cierta sobriedad que aparentemente no le hubiera ido tan bien a su nueva película. Pero incluso por el lado novelesco se puede rastrear algo de esa pretendida alegoría. Ciertamente que el universo sureño, el jazz, y el retrato de la bohemia en las cenizas de la belle époque son la marca registrada de F.Scott Fitzgerald, pero no necesariamente funcionan por si mismas.

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Incluso las pretensiones de la película por mostrar un mundo en decadencia solo sublimado por el amor contra todas las diferencias, se ven demasiado impostadas, como en la llegada de la historia hasta la tragedia del huracán Katrina, punto de partida para el largo racconto a cuatro manos entre Benjamin y Daisy (bien interpretados por Brad Pitt y Cate Blanchett). Es de esa manera como vamos conociendo todas escalas en la existencia de este sobredimensionado espectador hecho a su vez la representación de la integración americana. Un hijo clase alta abandonado en una casa de reposo donde nadie parecería distinguir su condición de “recién envejecido”. Lugar regentado por gente de color generosa pero pintoresca al puro estilo de las crónicas y leyendas.

Tal vez estos sean los mejores momentos de la película, pues se siguen con curiosidad y simpatía. Pero el universo tradicional y ligeramente gótico en el que Benjamin se va descubriendo es reemplazado de ahí por el del mundo cosmopolita. Tanto el como Daisy en convierten en testigos forzosos de los cambios del siglo. Uno de la guerra y su tecnología y la otra de la vida acelerada y autosuficiente del primer mundo en expansión. Uno en la Europa convulsionada y llena de espías, y la otra cumpliendo el sueño del artista Nueva York. Este segmento es el más “importante” y por ello mismo el menos satisfactorio. Vean sino la parte de la fugaz aparición del personaje de Tilda Swinton. Esa acumulación de sucesos tiene a excederse incluso cuando el único misterio para el espectador es como terminará la existencia de este héroe de aura inagotable como en extraña coincidencia con los de Isaac Asimov más que con los del autor de Tierna es la noche.

Como todo su largo trayecto solamente lo consigue, los puntos de interés de la vida de Benjamin se concentran al principio y al final. Dichosos pero raros espectadores de su mundo en total transformación, Benjamin y Daisy terminarán disponiendo su herencia personal para que al final solo terminará erosionada por la acción del tiempo. No habremos llegado a esa idea primordial de la mejor forma pero por lo menos nos aguardaron algunos instantes de sabor indefinible y -nuevamente- curioso. Bien dicen que todo paso adelante es solo una marcha más hacia atrás. Ese concepto cíclico de la existencia es representado en instantes no carentes de belleza. Lástima que no fue Tim Burton el que nos los regalara. Tal vez su encuentro habría sido más ingenioso y no tan largo.

The Curious Case of Benjamin Button (2008)

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