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Como otros tantos europeos que llegaron a Estados Unidos y fueron seducidos por la creciente industria cinematográfica asentándose en California, el austriaco Erich Von Stroheim fue labrándose una carrera como un “todo terreno”. Casi a la par que Chaplin contratado como actor estelar, Stroheim tuvo que pasar por actividades diversas en el floreciente y extraño país antes de ser un profesional considerado dentro de ese grupo de buscadores de oro en la expansión de la fábrica de sueños durante los años ’10. Momento incierto pero privilegiado en el cual la incipiente estética del cine inaugurada por D.W.Griffith, vio el surgimiento de una generación de creadores inquietos e intuitivos que se terminarían convirtiendo, aún en su calidad de empleados, en ello que décadas después se conocería como autores cinematográficos.

El caso de Stroheim es muy especial porque, luego de las exploraciones del relato fílmico que empezaron a desarrollar Griffith, o Cecil B. DeMille, se empeñó en iniciar una carrera como cineasta en la cual daría rienda suelta una sensibilidad compleja y extrema que se desarrollaría en una de las obras más oscuras pero innovadoras que se hayan realizado en la época silente. Extraño experimento que, como tal, estuvo perseguido por los accidentes, la frustración y la mala fortuna. Todo ello totalmente creíble si nos imaginamos ese medio hollywoodense en el que trabajaba, que aunque primario ya se componía de gran cuota de conservadurismo, incluso con su disipado star system. Las películas como director de este genial vienés, se distinguen por ofrecer retratos de la condición humana en su estado más decadente y perverso. Nunca apeló a los extremos del fantástico o las alucinaciones para conseguir su objetivo. Siempre se mantuvo dentro de un nivel de realismo que hacía todavía más inquietantes sus ficciones, atravesadas por el filtro del lirismo en su esencia.

Todas su creaciones son formidables a pesar de las constantes interrupciones y cortes arbitrarios de cada rodaje hecho una odisea, hoy paradigmáticos sobre la lucha de la libertad creativa en la llamada Meca del cine. Pero dentro de ellas Avaricia destaca por su extremo detallismo para presentar una tragedia, un drama de tensión constante acerca del mal eterno y latente. Este debe ser uno de los retratos más devastadores que en el cine se hayan hecho sobre la condición humana y con tal ambición Stroheim la desarrolla con un afán apasionado pero virulento que deja al espectador con gran turbación. Se trata de cómo en algún momento la armonía, el orden o la felicidad del ser humano llega a ser trastornada por la presencia de la corrupción, sombra omnipresente pero activada solamente tras la aparición del dinero. Fundamento de la organización social y económica pero también de la exacerbación de las ambiciones que hacen muchas veces al hombre prisionero de su propio laberinto desarrollado con tal perfección que llegado un punto se extiende y profundiza sin la ayuda de su creador.

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Pero no crean que el valor de esta gran película radica en un afán denunciatorio o moralista en su sentido más obvio. Stroheim fue ante todo un humanista que no necesitó de discursos políticamente correctos o hipócritas. El suyo es el arte de mirar la decadencia en progreso y como esta va erosionando sutilmente las aspiraciones y optimismo de sus personajes hasta llegar al infierno en vida. Intención nada saludable a la vista de los reyes del entretenimiento sin duda y esa terquedad honesta quedaría registrada en la intervención de Irving Thalberg (el niño rico de la MGM) en el corte final de la película. De las más de ocho horas que se rodaron solo han sobrevivido menos de dos, que fueron con las que se estrenó. Para que vean que este síndrome típico dentro de los grandes estudios no es cosa reciente.

Aún con los cortes podemos apreciar la larga historia (sacada del libro de Frank Norris) con todas sus imponentes cualidades. La acción transcurre de la época del asentamiento poblacional de California tras la fiebre del oro, hasta la expansión de la modernidad ahí donde este espacio de leyenda se ve arrinconado por los automóviles y la masificación del dólar. Así conocemos a esta serie de personajes encabezados por el inocente McTeague, este corpulento pero soñador personaje que en si mismo representa ese momento de quiebre en la sociedad norteamericana. De extractor del escaso oro que queda pasa a convertirse en dentista de oficio y en parte de esta nueva civilización asentándose en los límites de lo agreste.

Pero desde entonces Stroheim insinúa la presencia del dinero no solo como ese factor que literalmente “lo es todo”, sino también como factor determinante en el devenir espiritual de estos seres que nos son presentados con todos sus defectos pero con la bondad superándolos. Pero cuando el círculo se cierra especialmente entre McTeague, Trina y su amigo Marcus es cuando comienzan a aparecer los signos de ese potencial conflicto tras el delicado balance que los buenos sentimiento y la despreocupación consiguen de la naturaleza humana. Vean esas tenebrosas imágenes de los brazos y manos cadavéricos acariciando su tesoro, plano perturbador que se repite como leimotiv a lo largo de la cinta.

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Todo alrededor del amor surgido entre McTeague y Trina estará signado por ese asedio constante y subliminal sobre el condicionamiento trágico del hombre hacia la persecución de las monedas y billetes. No es Stroheim un critico del capitalismo, al menos no en su sentido político. La suya es una mirada mucho más antropológica e incluso ontológica a ese fenómeno hecho ley en nuestro mundo contemporáneo. Nos lo muestra como el regulador final de las ambiciones, modestas o desmedidas, porque igual ambas están marcadas por una transfiguración distinguible tarde o temprano. Esa es la verdadera gran tragedia que nos presenta la película y de la cual su creador no se siente ajeno al punto de haberse convertido en un sirviente de un sistema del que terminó resignado (recuerden su célebre confesión en Sunset Boulevard).

Toda esta premisa se encuentra sintetizada en dos secuencias. La primera es la del día campestre con la familia que termina con la revelación del premio ganado por Trina en la lotería. El momento es una suerte de epifanía enviciada, en la cual las miradas pasan de la sorpresa a la secreta envidia y sus maquinaciones, especialmente en Marcus, y María, quien se convertirá en una suerte de versión alterna de los enamorados protagonistas, debido a su relación con el dueño de depósito de basura. Estos dos últimos personajes que terminan representando el lado más sórdido de esa enfermedad que contamina a todos los demás. La segunda es la antológica secuencia del matrimonio sucedida de planos que aluden directa o indirectamente a ese complot que se va formando no solo alrededor de la pareja sino incluso dentro de ella, en la mirada asustada, neurótica y después manipuladora de Trina. Una atmósfera inquietante en la que el implacable Stroheim nos muestra ese momento de dicha siendo acompañado de lejos por una marcha fúnebre.

Ese descenso a los infiernos, manejado con inigualable garra por el director, siempre se queda grabado en quienes lo contemplan y encuentran en el los rastros formidables que vienen tal vez de algún Flaubert y se expanden en mucho del cine de autor actual. Si tuviera que quedarme con algún momento en particular sería con la parte culminante en el desierto. No es el clímax nocturno que muchos de los que predominan en las representaciones de la caída final, sino todo lo contrario. Es el espacio luminoso del Death Valley, épico pero a la vez abstracto. Suerte de purgatorio en el cual los rivales llegan a la certeza de la necia persecución a la que se embarcaron desde que vieron algo brillar con los seductores colores del metal. Una belleza espeluznante y brutal que también rodeó a esta obra maestra tan funesta.

Greed (1924)

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