The Time of the Assassins de Nickel Eye: El año del último búfalo
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Jorge Esponda

Poco a poco los fanáticos de The Strokes han caído en cuenta del por qué del extendido hiato de la banda tras el último disco. El dominio casi total de Julian Casablancas sobre la banda debe haber sido tal hasta el momento, que casi todos los demás no solo se han mandado con proyectos alternos en estos últimos meses sino que también han osado con lanzar discos con una prisa y resolución catártica. El último en contarse dentro de esta experiencia es el bajista Nikolai Fraiture, el “Nickel Eye”, y al igual que Albert y Fabricio con Little Joy, intenta abrirse por primera vez ante todo su público para decirnos algunos secretos, para confesarse musicalmente.

The Time of the Assassins es un experimento que de no ser a la vez muy conciente de su condición de entrenamiento, lo podríamos catalogar de fallido sin más. Lo atractivo de este disco, lleno de referencias pero asumidas con sencillez, es ver o imaginar a este casi escondido compañero en el escenario caminar sin prisa hacia la parte central, tomar la guitarra, aclarar la voz y entregarse a tonadas que beben del alt country, ska, y el blues rock sesentero, cuando todos están esperando seguir el frenético ritmo de las guitarras de Hammond y Valensi. Tal vez a estas alturas del concierto el que más podría estar con cara de indignado sería Julian observando a Nickel Eye pegarla con punteos a los Devendra o con frases cantadas con la divertida solemnidad de Leonard Cohen.
Desde ese punto de vista, podemos imaginar este disco como el más travieso que haya sacado algún miembros de la idolatrada banda del Is This It? El juego es simple en sus reglas aunque no tanto para cumplir con los objetivos: tómate el tiempo fuera y has lo que tengas que hacer, porque te quiero okay otra vez ¿entendiste? Ese evidente punto de crisis o por lo menos de cansancio, al que estos cinco cómplices llegaron tan rápido como ascendieron, nos ha dejado ver de lo que realmente están hechos estos músicos. Cada uno es conciente de sus propios talentos y de lo frágil y efímero de los 15 minutos. Lo visto en escena y ahora esa forma de ver las cosas, es lo que augura todavía vida fructífera a la banda neoyorquina. Agradezcamos entonces la presencia de este discreto viaje personal por los sonidos y placeres de Nikolai Fraiture.



