Saw V: La autopsia interminable
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Jorge Esponda

El truculento menú de todos los años está servido nuevamente. Los hambrientos muchachos de las películas retorcidas parecen querer erigir a los juegos de Jigsaw como la franquicia más abultada en tiempo récord. Desde su estreno en 2004 y el tremebundo éxito que la acompañó, la saga de Saw se ha prodigado de una historia de terror de cierto ingenio a un forzado espectáculo de lo macabro capitaneado por todo un personaje icónico para los fanáticos, que en el mundo anglosajón hacen de las exhibiciones de las scary movies todo un rito, una pasión que se desborda más allá del día de Halloween.
¿La historia de esta ocasión? Pues para los que tuvieron la paciencia de seguir viéndola después de la tercera entrega, nada caerá en sorpresa el saber que la deconstrucción del monstruo hecho leyenda y siniestra presencia, continúa tal y como la dejamos. Desde el comienzo no pudimos pedir originalidades y ahora mucho menos alguna variación que no caería del todo mal ante tanta muerte programática en la que sabes que nadie será lo bastante listo para vence a este dios buscando conseguir llegar a su nivel diez dentro de poco. Toda la mitad de la serie, en adelante, se ha convertido en una redundante mirada hacia los motivos del villano aleccionador, y la crónica detallada de todos los trucos detrás de cada torneo de supervivencia.

Craso error este último, puesto que todo en esta forzada versión luce como la decepcionante revelación de los pocos trucos de mago que alguna vez pudieron mantenernos cuando menos atentos a lo que sucedía en medio de sofocantes efectismos con el morbo como señuelo. Mientras que los aprendices de policías y estrategas del mal se corretean unos tras otros, volvemos a los flashbacks justificados por la presencia de Jill, personaje que nos lleva a conocer innecesarios capítulos sobre los inicios del genio criminal de nuestro querido John Kramer, todavía pudriéndose en el quirófano hasta que sus mecanismos y demás gadgets dejen de funcionar.
Por supuesto que también hay otro juego en marcha por personajes incautos y con pecadillos a exorcizar, pero su travesía por las habitaciones o círculos de infierno solo tienen interés en la medida de que no se vienen con las pacaterías de otros representantes del género últimamente. ¿Qué más le podría quedar a Saw que cumplir como el oasis de las fantasías más perturbadoras y no tan escondidas que nos hacen gozar con la presencia espectacular de la sangre? Más que ser un juego de miedos el que nos presenta el fatídico payasito, este un juego de resistencia por tratar de evadirnos de aquella verdad detrás del por qué no podemos dejar de mirar los descuartizamientos, trituraciones, o extirpaciones físicas de todo tipo. Esos son precisamente los momentos que nos hacen aguantar la jornada hasta el final.

No hay nada para lo que no estemos preparados en esta película. La suya es una apuesta sobre seguro que se sostiene en la certeza de que el exhibicionismo es la única arma con la que se cuenta. Ni siquiera la estrella de la serie podría compararse con algunos otros compañeros de armas como el clásico Freddy Krueger. El ahora popular Tobin Bell aparece más bien como una cansina imitación de Hannibal Lecter tratando de hacer añicos las mentes de sus víctimas antes de entregarlas a la destrucción como mero fin de trámite. La suya es una presencia distante, a control remoto, una suerte de Dr. Mabuse al cual no se le escapa ni el más mínimo detalle, una pretendida versión malsana de una sabiduría solo comparable con la de la naturaleza. Pero lo malo es que este es el reino de lo contrario: del exceso, de lo bizarro, de lo artificial. De no ser tan esquemática y tirada de los pelos, podríamos decir que se trata al menos de un espectáculo inquietante. Todo se reduce lamentablemente a solo esperar las ejecuciones de ese grupo de pobres diablos, incluyendo al mismo Jigsaw, que llegará a la categoría de fósil para la próxima.




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