Solo los ángeles tienen alas: El vuelo del sabio narrador

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A pesar de la gran expansión y volumen del cine hollywoodense, deben ser muy pocos los cineastas que condensen su progresiva codificación. Es decir, que hayan desarrollado técnicas y tópicos narrativos que de inmediato pueden ser reconocidos por todos los espectadores como parte de esa tradición tan propia del mundo del entretenimiento moderno, más allá de sus consideraciones artísticas. Esa fue la forma sencilla en la que se vio durante años a varios de los más grandes creadores de formas cinematográficas forjados en la industria como meros profesionales dentro del sistema de producción. Claro que a estas alturas muchos podemos saber que detrás de esa función profesional se encontraba un puñado de talentos intuitivos que exploraron esas posibilidades expresivas delatadas por los pioneros. Eso fue lo que definió las carreras de Ford, Hitchcock, Lubitsch, entre otros.

Howard Hawks fue un director excepcional que experimentó con el arte sincero del entretenimiento en una carrera versátil identificada por su especial visión de vida y la forma en que esta se manifestaba en sus ficciones. La suya fue una mirada vitalista a las más contradictorias y caóticas fases de la conducta humana y su interacción más amplia, en grupos que entraban en conflicto y en integración dependiendo de las circunstancias, no pocas veces terribles, que los desafiaban. Es por ello que muchas veces su cine aparenta ser de una ligereza que no es tal si al revisar, tanto sus comedias como sus westerns, films de aventuras, e incluso sus esporádicas participaciones en el film noir, caemos en cuenta que la suya es toda una indagación sobre la ambigua esencia del ser humano. Cierto patrón de conducta ante la necesidad que le permite sobrevivir aún por medio de prejuicios, u otras licencia a la ética o la moralidad.

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No es su cine, uno concebido con la extraña idiosincrasia y no poca seriedad que Ford asume en algún momento, o con la obsesión en la psicología, la filosofía, o la religión que exhibía casi siempre Hitchcock para deslizar, a partir de ellas, críticas duras asfixiantes y complejas sobre la condición humana. El arte de Hawks prefiere no especializarse a ese extremo, sino que se sumerge hacia las fuentes inexpugnables desde donde se puede concebir la mirada antropológica. Por eso en sus películas de cambios de tono y vivacidad envidiable, se percibe una cierta suspensión o relajación de juicios, como si en determinado momento se impusiera el orden primigenio. Esa sabiduría que hace la vida y que supo manejar mucho mejor que otros cineastas identificados con los buenos sentimientos o el optimismo, como el muchas veces obvio Frank Capra.

Solo los ángeles tienen alas es una película cumbre del estilo hawksiano. En apariencia es la característica cinta de aventuras hecha en la época de los grandes estudios en los ‘30: una sucesión de momentos en interiores con otros en los que la acción es rápida y representada en un paisaje algo mejorado al cartón piedra del mudo. Pero a partir de estos imperativos de producción, el genial Howard aplica sus propios conceptos del relato representando la vida misma. Una narración relajada en la que el plot central de una construcción dramática es paulatinamente deformado por todo aquello que acontece mientras los héroes reposan o se divierten. Si en Caracortada ya había dejado patentada la posibilidad de que el humor y diversos coqueteos podían darse lugar en la crónica de las andanzas del más nefasto de los gangsters, en esta peculiar cinta sobre aviadores, Hawks nos deja ver la posibilidad de que dentro de esta rutina a riesgo de muerte también pueden haber momentos para disminuir las tensiones laborales aún a costa de otras más jocosas.

El escenario es la sudamericana Barranca, punto de encuentro del comercio en el Pacífico y los Andes, pero que para la ocasión se convierte en un ambiente más marciano que exótico para que el director maneje a sus anchas las ocurrencias de estos personajes que se dan encuentro alrededor de esa cadena de vuelos en los que los turnos rotan con inquietud pero también con código de ética firme ante la posibilidad de la tragedia. Hasta este mundo llega la guapa Bonnie, esa suerte de “factor demencial” que ante todo luce su propio desconcierto para terminar provocándoselo al mismísimo animador del circo, el duro pero bondadoso Geoff.

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Lo que se presenta desde un inicio es una sucesión de cuadros festivos en los que los detalles costumbristas alimentan muchos más la puesta en escena que los mismo nudos argumentales o dramáticos. Pero no crean que se trata de alguna cinta de afanes rupturistas o metalingüísticos. El estilo de Hawks y sus coetáneos es mucho más sutil y tal vez percibió la llegada de esas futuras exploraciones mejor que otros colegas de “prestigio”. Estamos presenciando en cada escena de esta película el asentamiento de uno de los mejores exponentes del estilo clásico. Ese año maravilloso de 1939 en el cual mucho del cine de género experimentó revoluciones notorias saltos hacia las exposiciones más espectaculares o al desarrollo de técnicas más complejas en la interacción de los personajes.

A Hawks le interesa por sobremanera este último punto, aún cuando sus secuencias abiertas y expeditivas fueran realizadas impecablemente. Alimentaba ese interés a base de presentar a sus personajes siempre ocupando un espacio más amplio que el encajonamiento del primer plano (salvo cuando era crucial hacerlo). Ese aspecto comunicativo de su cine queda expresado perfectamente con esos encuadres en los que pareciera rehuir a la inoportuna sombra de la soledad. A ella parece haber sido confinado el curtido Geoff hasta antes de que apareciera Bonnie, siempre bien plantada en medio de una corte disímil pero animada por igual. Y dentro de ello es ejemplar también como Hawks aplica repentinos cambios de tono. La cadena de sonrisas y lágrimas que enunciara Chaplin se vuelve en una onda indefinible y multiplicadora para este precursor de esa tan malbarateada fórmula por parte de sus actuales seguidores. Solo por ello bastaría para calificar a este director como irrepetible. Basta con ver la memorable secuencia tras el primer accidente y como los personajes, desconcertados unos y evasivos otros, se van aproximando para concluir con un canto celebratorio.

Esa filosofía de “la vida sigue” es la que determina el transito de todos los personajes pero especialmente el de los dos protagonistas. No por nada Hawks recurrió a dos actores tan versátiles como Cary Grant y Jean Arthur, espléndidos jugando con su vena cómica a la vez que con sus recursos como actores dramáticos. Se suceden a su alrededor algunos personajes inolvidables como la pelirroja Judy (uno de los primeros papeles de Rita Hayworth), convertida en la voz determinante de ese pasado y ese temor que no solo es el Geoff sino el de todos los camaradas unidos por el, incluyendo a los rivales Kilgallen y Kid (Thomas Mitchell). Estos últimos unidos en un vuelo final donde las tintas graves nunca serán tan graves como tampoco lo es finalmente la vida misma según Hawks. De todo ello da cuenta esta historia de hombres trabajando arriba o debajo de un cielo andino de fantasía. Esta no es una película de ángeles. Pero con todas sus arbitrariedades y dudosas determinaciones, los que no tienen alas se las pueden arreglar de hacer del suyo un lugar placentero. Ahí donde el interin de la acción tiene más valor que la acción misma.

Only Angels Have Wings (1939)