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Debo admitir que no he sido de los acérrimos admiradores de la obra de Alan Moore, pero me tomé como única precaución leer la versión original de Watchmen antes de ver la réplica hollywoodense. De hecho pienso tratar el comic posteriormente. Pero en este momento me dedico a comentar esta proyecto largamente idealizado desde que un culto comenzó a crearse a su alrededor. Por aquellos años –fines de los ’80 y comienzos de la siguiente década- se comenzaron a barajar nombres para la adaptación al cine. El más sonado de todos fue el del loco Terry Gilliam, el único director al cual el propio Moore le guardaba simpatía. Lamentablemente Terry terminó desistiendo del encargo debido a que lo vislumbraba tan problemático que al final prefirió ahorrarse los disgustos y las decepciones con las políticas y tendencias de los grandes estudios y la presión que ejercerían sobre su trabajo, en especial con un materia tan intrincado como este.

Y es que desde su mismo punto neurálgico, la premisa de Watchmen es una intrincada subversión de la tradición del mundo de las viñetas. Su espíritu es menos juguetón o límpido. Es en cierta forma una gran sátira que –sin exageraciones- viene a ser el equivalente a Don Quijote en el género. La suya es la mira a la leyenda después de la palabra fin. En estos tiempos ya no impresionan tanto estas representaciones desmitificadoras, y solo basta mencionar que la gran mayoría de espectadores terminaron deslumbrados el año pasado con una de ellas: The Dark Knight. Siguiendo ese patrón, el ascendente en la industria, Zack Snyder, se encarga de la última misión de los vigilantes como ya lo había hecho con la Batalla de las Termópilas en versión de Frank Miller.

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Watchmen, la película, da cuenta de sus ambiciones y su preciosismo prácticamente desde el arranque. Snyder busca el impacto visual tomándose ciertas licencias con respecto a las resoluciones visuales del comic, que de por sí eran más cinematográficas que muchas otras. Pero por otro lado también opta por una fidelidad argumental que casi no se descarga de las enmarañadas y barrocas extensiones que hacían la cosmovisión de un mundo trastocado por la sola presencia de estos aventureros fácilmente convertibles de representantes del orden utópico, al orden totalitario. El problema radica básicamente en que esa muy frágil balanza en la que se sostiene la ambigüedad, la reflexión, o la parodia de este apasionante odisea, termina inclinándose hacia el lado de la representación fascistoide, tal y como la historia del rey Leonidas y sus 300.

En aquella transfiguración del episodio bélico, la cosa no pintaba tan complicada para su director puesto que la trama era tan vertical como su ideología. Pero en esta ocasión Snyder se pone más en evidencia como un director de poco vuelo. Watchmen se ve afectada principalmente por el extravío ante como conducir un relato, ciertamente impactante, pero que no contiene muchos momentos para la espectacularidad tradicional. La complejidad y amplitud de la historia termina ahogando al director hasta el punto de entregar una película muy deslucida en su afán de querer resultar sinuosa y sugerente a falta de momento épicos, que como tales son solo dos, ubicados uno a la mitad y otro como climax. Tal perspectiva para una duración de casi tres horas, resulta por demás agobiante.

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No es que me parezca propiamente mala, sino más bien fallida. Podemos mencionar al respecto el crítico momento inicial en el cual le seguiremos el rastro a esa investigación movilizada por Roscharch, el outsider y motor del grupo desfalleciente. Vemos el necesario momento informativo con un Nixon hecho verdadera máscara (este es la antítesis perfecta del que compone Frank Langella en Frost/Nixon), seguido por la convencional secuencia del asesinato de El Comediante, para luego ser desconcertados con la secuencia de créditos que introduce de manera certera la síntesis de esa transición de los motivos de los héroes como reflejo de los sucesos claves de la historia moderna. Este debe ser uno de los pocos chispazos propios que se pega el director, pero pone en mayor evidencia lo irregular de la película a medida que avanza la proyección.

Dentro de lo que podemos llamar “más destacable”, se encuentra ese cierto ritmo musical con el cual Snyder logra suplir la falta de ideas ante el rompecabezas ontológico que arman estos antihéroes casi todo el tiempo, especialmente la difícilmente adaptable secuencia del Dr. Manhattan en Marte. Desbordes y meros clichés son lo poco con lo que se intenta paliar la ausencia de ideas ante una idea tan rica, especialmente todo lo que gira acerca de la visión sobre El Comediante, el personaje clave alrededor de cuya amoralidad y cinismo, se forjan los cuestionamiento y cavilaciones de sus restantes compañeros. Lo único se extrae de él finalmente es lo mas enfático de su discurso pro reaccionario, la justificación de los complots más atroces como única forma de contrarrestar la organización del mal social cada vez más sofisticado. Realmente hubiese sido interesante ver como alguien más radical y móvil podría haber hecho de esta trama de vagabundeos e infelicidad abrumadora, El séptimo sello de las película sobre comics.

Watchmen (2009)

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