Che, El argentino: La gesta en marcha
(0)
Compartir
por
Jorge Esponda

A pesar de su integración a la orbita de la gran industria, Steven Soderbergh es un cineasta ordenado, lúcido y con tan buen criterio que asume su labor con una disciplina que se permite estrenar películas año tras año. Más allá de las calidades diversas de estas, se puede apreciar el afán de un profesional por mantenerse en forma y no reducirse meramente a ser un integrante más de la lista de directores del amplio espacio del cine independiente norteamericano que en determinado momento terminan convertidos en especialistas de la serialidad anodina de la Meca del Cine en la actualidad. Por ello, tras una necesaria concesión alimenticia a los lujos de la comercialidad, Soderbergh siempre se propone llevar a cabo un proyecto personal y menos complaciente.
Es así como después de la lamentable tercera película de su multiestelar serie sobre Danny Ocean y sus amigos, nos trae ahora uno de sus proyectos más ambiciosos. Esta obra de dos capítulos sobre la historia revolucionaria de Ernesto Guevara se emparienta desde el saque con la intención funcional y realista con la que realizara Traffic, aquella mirada globalizadora sobre la problemática de las drogas y el narcotráfico en la cual desplegaba su estilo y vocación por la tensión del relato policial. Algo de ello vuelve a manifestarse en su reciente díptico, al menos por lo que apreciamos en esta primera parte.

Pero su trayectoria ha sido diametralmente opuesta a aquella película en la que también aparecía Benicio Del Toro como protagonista. En esta ocasión, la película seria e importante ha sido totalmente ignorada por las premiaciones del gremio e incluso por varios de los distribuidores norteamericanos. Podría decirse por ello que Che, la película, ha corrido con similar suerte que el mismo personaje en su momento. La testarudez de Soderbergh pudo más pero hasta el punto de desentenderse por un momento de la producción más holgada como no lo había hecho antes. Si quería probarse todavía como cineasta de posibilidades y personalidad, lo ha conseguido. Digamos para el caso que la primera parte de Che es una película interesante, de una cadencia distinta para los que puedan esperar una epopeya romántica y cargada de efectismos. No serán pocos los que tras ver Diarios de motocicleta, esperen aquí la natural continuación de la historia con ese tono santificador y ritmo pasadero.
La película de Soderbergh instala los sucesos, que escalan hacia la revolución para derrocar a Batista, de manera seca, con un aire entre documental y periodístico pero que se mantiene firme en esa peculiar forma de entender la intriga o el formato de la acción o la crónica que lo identifican desde sus películas de los ‘90. La avanzada de la guerrilla encabezada por Fidel Castro (estupendo Damian Bichir) y Guevara es vista con todos los detalles que por lo general son abandonados por la épica tradicional: los tiempos muertos, la recopilación de las pequeñas anécdotas que muestran la personalidad del protagonista que no es ningún iluminado, sino que va forjándose el carácter a base de los conflictos internos, las negociaciones políticas, y la desromantización de la lucha por los ideales que se gana fácilmente cualquier apoyo moral antes que uno practico.

Esta estructura queda visiblemente expuesta en la presentación alternada de los sucesos en el verdor de Sierra Maestra con la del viaje a Nueva York que hace el Che para presentarse en las Naciones Unidas con un blanco y negro que alude al escenario donde absolutamente no queda nada para la embellecimiento, ni siquiera su discurso. Eso me trae a la memoria algunos casos más conocidos para adaptar al cine al revolucionario argentino. Esta mirada distanciada y cerebral de Soderbergh difiere de los extremos a los que podía haber llegado la visión de estos acontecimientos históricos. Por un lado esta la exaltación de la epopeya final y novelesca al estilo que practicara Richard Fleischer en Che!, película realizada a poco tiempo de la muerte de Guevara y cuando comenzaba a convertirse rápidamente en un icono contracultural. Aquella era una cinta delirante y hasta risible incluso en sus momentos de mayor solemnidad, nada que ver con la mejor película que se ha hecho hasta ahora sobre la extraña y complicada figura en cuestión. Ernesto Che Guevara: Diario de Bolivia del gran Richard Dindo, es un documental formidable atravesado por la idea de la evanescencia del pasado, la melancolía y el aislamiento, todas ellas sugeridas por los espacios desolados que siguen la trayectoria de esa guerra final emprendida en el altiplano.
Digamos que la versión de Soderbergh se mantiene en un punto intermedio entre estas dos posibilidades. La película avanza entonces gracias a esa particular versatilidad cinematográfica en la que es capaz de instalar la tesis pero con la vocación artesanal o eficaz de un cineasta de género que en el momento preciso, no antes ni después, hace surgir el estallido de convulsión bélica, pero rehuyendo parafernalias al uso y remitiéndose a ese cine de acción de los años ’50 o ’60 que son tan de su predilección y en los cuales el movimientos de los cuerpos y su alternancia con la geografía tiene vital importancia. Esto queda expuesto en la notable secuencia culminante de la Batalla de Santa Clara. Allí es donde Soderbergh se deja de contener un poco a pesar de la no tan disimulada forma en la figura del protagonista ha sido exenta de mayores cuestionamientos.
Con todo ello no podemos dejar de mencionar el desempeño de Del Toro quien resuelve su personaje con menos, colocado solo como un punto en el encuadre en medio de la selva o en los primeros planos que lo presentan tan expresivo en su misterio e incredulidad durante el viaje a Estados Unidos. Grande o pequeño, su Che es ese personaje corre, pelea, diserta, se relaciona con el pueblo o con su futura esposa, casi como llevado por la corriente del día a día en la campaña, ahí donde hay mucho de gloria y de ilusión, pero también de aburriendo y faena a conciencia de que las cosas no se consiguen en un día. Esa mirada a la cotidianeidad de la revolución es la parte esencial del aporte de Soderbergh al tema.



