Gran Torino: El espectro del héroe
(4)
Compartir
por
Jorge Esponda

El récord que ostenta el viejo Clint dentro de la actual cinematografía estadounidense no tiene parangón. Por un lado es un realizador propio de la gran industria aunque se mueve con intransigencia por sus géneros y diversos prototipos con el afán de trastocarlos. Por otro lado no es nada discutible ahora considerarlo el autor negado hace décadas, cuando asumió los deberes de dirección de sus propias películas casi por necesidad. Oficio y talento expuesto en la madurez lo han convertido en un creador exigente y notable al punto de dejar empequeñecidos a otros obsesos de la radicalidad y el estilo. Eastwood parece convivir en medio de estas dos tendencias pero sin integrarse a ninguna de ellas plenamente. No deja de ser interesante apreciar ese espíritu de maverick en Walt Kowalski, el personaje principal de Gran Torino. Como él, Walt vive en el mismo punto de división, tercamente establecido en un territorio que apenas puede reconocer como el suyo.
Esta reciente cinta de Clint (no digo última porque ya viene rodando la próxima titulada The Human Factor), nos trasporta hacia la culminación o síntesis de la más recordada y polémica apariencia del héroe norteamericano. Aquél Eastwood que tras volverse estrella de las pícaras aventuras de Leone, regresó a su país para convertirse en Harry Callahan y demás justicieros excéntricos y rústicos que interpretó para Don Siegel, ese gran cineasta al cual Clint reconoce como su otro maestro e influencia. Vale recordar que mientras el delirio de la era de la contracultura lo convirtió en símbolo del más rancio fascismo, la estrella comenzó a dar sus primeros pasos como director. Desde entonces se inició una sutil metamorfosis de su pistolero casi monolítico. Tranquilamente podemos repetir que Walt es la versión jubilada y gruñona de ese icono.
Gran Torino es una película precisa y evocativa, más allá de sus virtudes como film de acción en un estilo más reposado, que por supuesto tiene más de western que de thriller policial. Si no hace mucho Eastwood había dejado en claro con Blood Work que en su faceta de guardián del orden ya no estaba para persecuciones, en esta nueva aventura este irredento hombre de la ley y el orden hace de la cambiante faz de su nación el motivo de su último grito de combate. A este nuevo alter ego de la estrella ya no le quedan los aliados de otras épocas. Los ataúdes que se cierran a su vista y los servicios religiosos son lo único con lo cual se permite añorar estoicamente las “buenas épocas”, ensoñación que la película no para de bombardear con la presencia de la irrespetuosa modernidad: hijos desapegados y nietos irrespetuosos son lo único que se levanta a la vista del perro listo para morder.

Como es habitual en el director, la presentación de los personajes y sus perfiles es formidable aunque aparente mera funcionalidad. Bastan solo unas cuantas replicas y encuadres desde la perspectiva del protagonista para que se instale la premisa, esa retirada nostálgica a pesar del disfraz de la dureza y el cinismo. La observación a ese mundo norteamericano y su cotidianeidad, casi despojada de una intriga en particular, posee una riqueza especial. Ese barrio del Detroit que antaño fuera próspero refugio para las familias y los dignos servidores de la patria, luce en la película de Eastwood no solo como aquél mundo suburbano y deprimido por el que ya se pasearan antes Michael Moore y Eminem, es aquí una suerte de pueblo fantasma que comienza a ser recogido por las nuevas etnias que ingresan mientras los demás están en retirada. Se trata de un proceso convulsivo del cual Walt es un espectador cada vez más confundido a pesar de su firme decisión de mantener ondeando la bandera.
En esencia Gran Torino es un retrato costumbrista, incluso mucho más que la no menos notable Changeling que si se movilizaba a partir de una intriga en el más estricto sentido. Acá las acciones se sostienen en ese intercambio entre el viejo y reacio protagonista con toda esa comunidad asiática que ante sus ojos parecen ser la encarnación de la pesadilla del común americano durante la Guerra de Corea, evento de cuya participación se hincha el pecho el buen Walt y que lo convence de desempolvar la escopeta. Siempre hubo en Eastwood una personal forma de extenderse por estas presentaciones y aprendizajes y todo ello desemboca nuevamente en la figura del maestro y el aprendiz.
Entre Walt y el apocado Thao, un sidekick que en otras eras no hubiera tolerado el sucio Harry, se establece la relación entrañable dosificada brillantemente a lo largo del metraje. Ese motivo elemental de las historias ancestrales es recogido nuevamente por Clint como ya antes en otros de sus films que resultaron insólitos en su momento. Ahí socarronería no se encuentra excluida dentro de lo expeditivo de esta suerte de papel final de vigilante urbano. Las tradiciones de uno y otro bando entran en disimulada competencia tanto como los escupitajos que lanza el héroe remitiéndonos a Josey Wales y las pruebas a las que sometía a sus seguidores.

Tal vez esas sean de las pocas citas que realiza Eastwood, siempre modesto y sencillo como para no entrar al juego de los guiños postmodernos que ya intuye como desgastados a pesar de que es él quien viene siendo tildado, de forma un tanto obtusa, como “el último de los clásicos”. Una reducción simplista alrededor de su obra que, aunque remitente a la etapa más intuitiva, vital y descubridora de la historia del cine, no deja de ser muy actual y cargada de una melancolía y un descreimiento que definitivamente no son los de la era de la implantación de los códigos y modelos.
Si hay alguien a quien se limita a referirse Eastwood es a si mismo, el único a quien siente capaz de hacerle justicia. En medio de esa guerra personal que establece el cansino protagonista no deja de aparecer el aura lírica con la que estaban bañados sus otros perseguidores de sueños. El desenlace determinista y potente debe ser un de los momentos en los que con más claridad se puede reconocer el llamado testamento fílmico. Pero todo ello es solo el clímax de todo ese proceso de redacción del mismo. En los márgenes se deja lucir la marca sabia de este narrador, en sus risas, asombro y concentración ante la nueva familia que lo acompaña.
Tal vez por ese lado no puedo dejar de lado la imagen de esa extraña comparsa de la que se rodeaba en el ruta de esta hermosa película que es Honkytonk Man. Después de todo esta es su nueva versión, cuando todos los caminos se dejaron atrás por las ciudades y luego vinieron los escombros de éstas. Donde al final solo se repite la historia fundamental de la entrega de una herencia entre un padre y un hijo. Claro que acá Clint se permite más generosidad (los tiempos ameritan más armas). Si antes el sucesor arrojaba las llaves del auto a la tumba, en señal inequívoca de su convicción y madurez, ahora este se permite conservar el inapreciable regalo: un modelo de esos buenos que ya no se ven mucho ahora. Mejor mensaje no podía dejar Clint para su despedida en pantalla.




Cuando esté viejo quiero ser como el viejo Clint
Me encanta, soy su admiradora. Lo tiene todo, un cuerpazo perfecto y un rostro hermosísimo. No se que tiene esta hombre que entre mas pasa el tiempo mas bello y atractivo se pone, sencillamente es alguien espectacular. Sin duda el mejor especimen de la humanidad coches
[...] Gran Torino: Eastwood ha anunciado que se trata de su último rol estelar. Por ello toda la historia del [...]
[...] parece seguir aquí con esa tendencia optimista que se anunciaba ligeramente en el final de Gran Torino, solo que el salto es mayor y se traslada a una película entera marcada por una deliberada [...]