¿Con quién sueña J. G. Ballard?


I. m.

Puedes ver la noche desde un tren /

Puedes ver casas apenas iluminadas /

luces lejanas, piscinas vacías y brillos, puedes ver /

Y luego, ya no sentirte bien, un escalofrío /

Luces lejanas, piscinas vacías y brillos.

Migala. La noche.

Los lugares comunes hacen la historia. Quienes se les adelantan hacen ciencia ficción.  Pero darles lucidez y perversidad en cantidades proporcionales hacen los libros de James Graham Ballard -J. G. para los amigos-, quien acaba de fallecer hace unas horas, víctima de una larga y penosa enfermedad, tal como informan las diferentes agencias de noticias.

Hablemos de lugares comunes: suele afirmarse que entre los escritores se aprecia más a aquellos que son capaces de adelantarse a su época. Lo que se dice ser visionario. Pero en Ballard esta condición adquiere un aire siniestro, de una desolación terrible que no solo trasciende las fronteras de la ciencia ficción. Realidad y apariencia, esas superficies inestables, se quiebran, desencadenando vacíos, porosidades, pliegues dentro del mundo que retrata el británico. Basta leer libros como Compañia de sueños ilimitada o El viento de ninguna parte para comprender que las catástrofes suelen asumir una forma terriblemente lúcida. Y que tan importantes como las distopías, los escenarios postapocalípticos y la imaginación tecnológica, en la ciencia ficción importa el interior del individuo (pos?) moderno. Es en ese espacio, y no en otro, como suele creerse, donde comienza todo.

Ballard, nacido en Shángai en 1930, pasó parte de su infancia en el campo de concentración de Lunghua junto con sus padres, miembros de la colonia británica en China durante la invasión japonesa. Liberado y devuelto a Inglaterra, estudió medicina pero no concluyó la carrera y más bien se dedicó enérgicamente a la literatura. Sin embargo, ambos hechos -su vida en China y su paso por la sala de disección y las lecciones de anatomia- forman algunos de los pilares de su obra. Y resulta curioso, aunque no sea casual, que cineastas tan diferentes como Steven Spielberg y David Cronenberg hayan adaptado al cine dos de sus libros más emblemáticos (El Imperio del sol y Crash, respectivamente).

Cuenta Ballard en Milagros de vida, la autobiografía que publicó el año pasado:

“Muchos estudiantes en mi grupo abandonaron, porque les resultaba imposible enfrentarse a la visión de sus primeros cuerpos muertos; yo no, pero a mí también la experiencia de la disección me desbordaba. Ahora, casi sesenta años después, todavía pienso que mis dos años de Anatomía estuvieron entre los más importantes de mi vida, y ayudaron a que moldeara una gran parte de mi imaginación. La mayoría de los cadáveres eran de médicos que los habían donado para disección. Mis años en esa sala fueron importantes porque aunque me enseñaron que la muerte era el final, la imaginación y el espíritu humano podían triunfar por sobre nuestra propia disolución. Sin duda, toda mi ficción es una disección de una grave patología que presencié en Shanghai y más tarde en el mundo de posguerra: desde la amenaza de la guerra nuclear hasta el asesinato del presidente Kennedy, desde la muerte de mi esposa hasta la violencia que subyace a la cultura del entretenimiento de las últimas dos décadas del siglo XX. O quizá fue que mis dos años en la sala de disección fueron un modo inconsciente de mantener con vida a Shanghai por otros medios. En todo caso, para el momento en que completé mi curso de Anatomía ya había terminado mi tiempo en Cambridge. Me había proveído de una gran cantidad de recuerdos, de misteriosos sentimientos por los doctores muertos que habían venido a ayudarme, y me había dado una vasta base de metáforas anatómicas que aparecerían en toda mi ficción”.

En dos cuentos memorables -y, por eso, grandes lugares comunes-, Borges fantaseó con que la historia copia con minuciosidad a la literatura y con un hombre cuya vida era, en realidad, el sueño de otro. Pero esta cita, como la que viene, no es arbitraria. Julio Verne y H. G. Wells prefiguraron, en sus libros, algunas de las líneas básicas por las que discurrió la historia del siglo XX. Releo algunos párrafos de los perturbadores libros del escritor británico y pienso que es estúpido afirmar que la literatura ha dejado de adelantarse a la historia. Porque es probable que lo que traiga este siglo que comienza, que aún está por comenzar, lo haya soñado ya Ballard.

Crash, de David Cronenberg, basado en una novela de Ballard

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