Joan Baez: Primeras visiones de Johanna
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por
Jorge Esponda

Deben haber pocas trayectorias tan amplias y consecuentes en el espectro norteamericano como la de Joan Baez. Lo que equivale decir que el ser consecuente es lo que la hecho cumplir cincuenta años convertida en una sombra inevitable, tanto como la del mismo Dylan, cuya historia está tan amarrada a la suya al punto de que las comparaciones inevitables y odiosas ya deben ser un tema dejado en el pasado, en la época de su célebre relación sentimental y los posibles egos de estrella juvenil. Pero ya que la mención esta hecha, vale destacar que a cualquier descubridor de esta carrera de medio siglo, le parecerá encontrar tantas diferencias como puntos en común.

Existen toda una serie de leyendas formadas alrededor de esta auténtica guerrera, impulsadora de la difusión de la llamada “canción de protesta”, que no solo se lució en los escenarios sino también en todas y cada una de las causas por los derechos civiles y humanos, a costa de darle la espalda al mantenimiento de estrellatos y a la vorágine que impone y saca modas con facilidad. Ahora uno puede revisar más sobre su historia y darse cuenta que entre hechos registrados y los mitos que la adornan se puede encontrar a un artista para quien sus actividades profesionales son indesligables de las sociales. En ello ha sido muchísimo más vehemente que el propio Robert Allen Zimmerman, ese chico del medio este que llegó cargado solo de una guitarra y un puñado de canciones.
Baez estuvo menos atenta o interesada en mantenerse en los charts y en adaptarse a todos los cambios que se sucedieron en la eclosión de la música popular de la cual formó parte en un principio. Mientras Dylan reformaba los sonidos rústicos y tradicionales en música pop, las urgencias de su camarada siempre parecen ser mucho menos abarcadoras (Joan nunca fue una compositora prolífica), pero también fueron menos egoístas. Cárcel, incomprensiones, y una franja de acción cada vez más estrecha fue lo que le tocó en aquel tiempo de politización extrema. Los que recién la hemos conocido desde las generaciones posteriores podemos mirarla mucho más como una sobreviviente que a todos los monstruos sagrados que la rodearon.
Eso es mucho de lo que se deja sentir incluso desde este primer disco, tan sencillo como logrado. Aquí escuchamos a una Joan muy joven pero que ya suena como alguna soprano consagrada. Con solo su guitarra y su impecable registro vocal, esta admiradora de la canción tradicional hace un repaso por cuantos sonidos y culturas convergen en un puñado de covers, temas que traspasan siglos en su mayoría. Bagaje musical tan diverso como lo es su ascendencia familiar entre mexicana y escocesa. El resultado es uno de las obras que definieron el estilo de las cantautoras sensibles de estas últimas décadas. Dicho esto a despecho de que por muchos años Baez nunca presentó un repertorio propio.
Escuchándolo ahora, este volumen número uno, lleno de canciones de variados estilos, destaca por la forma en que esta artista del escenario le otorga una identidad propia. La amante del folk, el country, las baladas medievales y latinoamericanas, hace que estas dispares referencias se conviertan en las expresiones de un arte sin tiempo, suspendido, como mirando atrás, hacia todas esas historias de amores perdidos y negados, de villanos y aventureros románticos, canciones de cuna, y otras sórdidas como la que se narra en el superversionado himno del blues House of the Rising Sun, al cual Baez le da un giro impresionante a su tradicional interpretación, o la versión de El preso número nueve, una de sus primeras osadías por cantar en español. Referencias extrañas que se unen vibrantes y conmovedoras, y que parecen ser hasta la semilla de sus propias convicciones ideológicas. Su vigencia empero reside en el talento de esta performer a carta cabal, hecha solo para dar y recibir con quienes tiene en frente. La esencia de la música, esa que sobrevivirá al negocio.



