Crónicas de Lima: Oficios imposibles

Hace unos días un par de amigas me invitaron al teatro. Como estoy dentro del ambiente y familiarizado con el tema, no lo pensé dos veces. El problema fue que no me dijeron hasta entrar a la sala de qué trataba la cosa, pues no vi ni siquiera un cartel que me diera señales de la función.

Supe entonces que la susodicha obrita no era más que la presentación de un grupo de actores que estaba a punto de graduarse como tales. Lo sorprendente del caso fue ver la tan poca sincronización que despertó entre estos muchachos, llenos de entusiasmo, lo sé, pero carentes del sentido práctido del término “escenificación”. Todos vestidos de mimo, con grotescas expresiones faciales que daban a entender los estados de ánimo del ser humano al presentársele una dificultad cotidiana, digamos, destapar una botella o abril dificultosamente una lata de conservas. Se atropellaban que daba miedo, aunque varios espectadores lo veían como parte de la obra, ofrecían las más variadas risas que he podido escuchar en mi vida. Bueno, durante el primer acto no había más que ofrecer, una serie de gags al estilo Chapulín Colorado o de un pobre remedo de los cómicos ambulantes de Frecuencia Latina y Panamericana, juntas. No entendí nada en absoluto.

El segundo acto fue más que insufrible. Era ahora la representación de un viaje en combi, al menos, eso me daba a entender cómo es que cinco tipos van pegados uno detrás de otro, mientras un sexto daba signos de asfixia. ¿Lo estaban atropellando? ¿Asaltando? ¿Era una hormiga tragada por un ciempiés? Los aplausos y las risas eran espontáneas, pero mi úlcera sí que era crónica.

Para mi alegría, terminó la función cargada de sensaciones y frustraciones, que se los hice saber a mis amigas, no tan doctas en estos menesteres pero que quisieron apoyar la causa de estos nóveles intérpretes. Si van a dedicarse a este vano oficio, pensé, es preferible volver a repasar las reglas elementales de la actuación.

De cantantes y otros albedríos

Siete y treinta de la noche. Regreso del trabajo. Un día difícil, sin duda. El viaje de regreso era más agotador que las nueve horas pegado a la computadora de la oficina. El bus va lleno, hace calor, no hay ventilación y no falta uno que otro olor corporal que promete ser el karma definitivo para culminar el día. Siguiente esquina, dos jovencitos de unos diez años aproximadamente, mal vestidos y sucios, entonan la cumbia del momento. Gracias a un peine y una lata de leche evaporada producen lo que ellos llamarían música. No fue fácil convencerme de que lo hacían por necesidad, por llevarse algo a la boca y mitigar el hambre del momento. Luego de su performance, piden a la concurrencia un donativo para estimular aún más su vena artística. De los cuatrocientos pasajeros que iban dentro, solo unos cuantos obsequiaron el sencillo que les sobraba en los bolsillos.

Dos cuadras más, un tipo de aspecto de vendedor de biblias se presenta como un desafortunado padre de familia que no tiene con qué alimentar a sus tres pequeños hijos, con foto incluida para que le creamos. Entona una alabanza al Señor y repite el mismo guión que he escuchado no sé cuántas veces a lo largo de mi vida: “Varón, no lo hagas por mí, varón, hazlo por mis hijas (en la foto se ve que son niños); pero no vengo con las manos vacías, vengo a ofrecerte estos productos golosinarios, a solo diez centavitos la unidad, diez centavitos que no te hace ni pobre ni rico…” y etc., etc, etc. En el cruce de Arequipa y Javier Prado sube un gordito con una pandereta. Al menos, este tenía ingenio, pues balbuceaba aquel famoso tema de Willy Chirino “San Sarabanda”, sin conocerse la letra, solo repetía hasta el hartazgo San Sarabanda, San Saranda, San Sarabanda, interrumpido por una frecuente carraspera que le impidió deleitarnos de su aflautada voz. Al momento de pedir el óbolo de ley, un señor entrado en la tercera fase generacional de su vida, le reprochó el por qué tenía que darle plata. El gordito, muy seguro de sí mismo, le contestó: “Por la canción que acabo de cantar”. Cuando el viejo se negó rotúndamente, el gordito sacó una bolsa de caramelos de debajo de su grasienta chompa y le dijo: “Varón, no vengo con las manos vacías, varón, vengo a ofrecerte estos productos golosinarios, a solo diez centavitos la unidad, diez centavitos que no te hace ni pobre ni rico…”

Cerca de Hiraoka de la Av. La Marina, una mujer de aspecto desconsolado y frágil, sube a pedir ayuda, llevando consigo un certificado médico y nos convence de que su niño de cuatro años está delicado y tienen que operarlo de urgencia, pero no cuenta con los 450 dólares que le piden en la clínica (no hospital, sino clínica). Para costearse el tratamiento, tiene que subir a los carros y vender caramelos, no sin antes demostrarnos que ella es hincha de Susan Boyle y regalarnos un aria sobre la virgen María. Me hubiera conformado escuchar su testimonio, así que nuevamente se dirige al público y nos recuerda que no estamos libres de sufrir un accidente, así que obliga a los pasajeros comprarle sus caramelos de limón. Luego pensé… si no tiene 450 dólares y tiene que vender caramelos para conseguirlo, ¿cuántas bolsas necesitaría vender para lograr esa meta, a solo diez centavitos la unidad?

Acrobacias mañaneras

Sin duda, uno de los mejores momentos para expresar el arte de la acrobacia es en las esquinas, aprovechando el semáforo en rojo. Hay de todo tipo, desde seudo seguidores de Shaolín hasta diestros malabaristas que ponen en peligro su vida al ejecutar peligrosos actos pirotécnicos en improvisadas muestras circenses. De la nada aparecen tres muchachos dando brincos de un lado a otro, intercalando su destreza con los volantines aéreos y sus contorsiones de breakdancers ochenteros. Luego del acto, agradecen con una reverencia y pasan el sombrero a cuanto vehículo se encuentra a la espera del cambio de luz. Hay días que pueden sacar lo suficiente para pagar sus estudios y otras veces, como ahora, para coger la combi de regreso a casa, “una china, hasta el óvalo, pe”. Me llamó la atención un muchacho de aspecto enjuto y deseoso por figurar en la lista de los records Guinnes. Con tres palitos hacía una serie de figuras en el aire, demostrando destreza y sincronización (aprendan mimos). Con dos de los palitos lograba que el tercero se moviera como una varita de bastonera de corso primaveral. Pero no era solo eso lo que captó mi atención, sino la manera de ejecutarlo; tenía un dominio de escena envidiable, cruzaba las piernas, caminaba de espaldas, daba saltitos, todo mientras movía los palitos sin perder siquiera el aliento. No pudo terminar el número porque la luz cambió de inmediato y no le dio tiempo de pedir propina.

Epílogo

Varias semanas después, coincido con uno de los mimos de aquella nefasta presentación teatral. Estaba en Larcomar, tratando de comprar un habano como regalo para un amigo que se convirtió en padre antes de lo esperado. Su mujer aún no lo sabe. Al prinicipio no lo reconocí, pues estaba disfrazado de estatua griega. Así como él, habían otros –entre hombres y mujeres– ganándose la vida como estatuas vivientes. Me acerqué para observar con detenimiento lo que podría pasar si alguien trataba de distraerlos con cualquier cosa y convencerme de su concentración actoral. Le dije a un niño que vaya donde este mimo y le jalara la túnica. No creí que lo hiciera, pero lo hizo. Repetidas veces le jaló la túnica, pero el mimo no se inmutó para nada. Realmente había pasado la primera prueba. Junto con otros curiosos, me acerqué aún más a verle. Busqué su mirada una y otra vez, pero no, era realmente una estatua. Y para mi suerte, una abeja se posó en su brazo y le dio un piquete de esos que te hacen saltar del asiento. Caramba, pensé, era realmente una estatua. Aunque tuviera el hematoma resaltar sobre el blanco maquillaje, tuve que aceptar que lo hizo bastante bien. Luego de la función, me acerqué a él para felicitarlo y preguntarle cómo lo hizo. “Concentración y ganas de hacer mi trabajo”. ¿Era un trabajo esto? ¿Cuánto te pagan por estar de pie cuatro horas seguidas? No me respondió, pero lo importante, dijo, era el compromiso con el arte. Las recompensas vienen después.

Regreso a casa, en el bus, se presenta el tipo de aspecto de vendedor de biblias, que ahora vendía llaveros. Esta vez ya no mostró la foto de sus “tres hijos”, sino el certificado médico de uno de ellos que tenía que ser operado con urgencia y necesitaba 450 dólares que trataba de conseguir vendiendo estos llaveritos de Bart Simpson, el Chavo, Kung Fú Panda y otros personajes animados. Y, claro, su infaltable perorata: “Varón, no vengo con las manos vacías, varón, vengo a ofrecerte estos llaveritos, a solo cinco luquitas, varón, hazlo por mi hija, varón. Nadie está libre de un accidente y demás bla, bla, blá.

Fotos: INTERNET