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Este viernes 5 junio, la banda argentina tocará nuevamente en Lima, motivo más que suficiente para echarle una ojeada a su discografía. Aquí, la primera parte.

pasto

Pasto (1992)

Vuelto de Inglaterra a fines de los 80, un tal Adrián Rodríguez quería formar una banda que pudiese quebrar los parámetros impuestos por los Charlys Garcías que en el rock argentino han sido. Una banda que no se pareciese a ninguna otra en la escena de su país. Nueva actitud. Nueva música. Nuevo discurso. Porque en los 90 los gauchos parecían haber descubierto el dichoso adjetivo y lo repartían a discreción (nuevo cine, nuevo rock, nueva poesía, etc.). ¿El resultado? Un disco movedizo, multiforme, cuyo radical eclecticismo desembocaba en la extravangancia que conlleva toda pastrulada (por ejemplo, “Canción de la bandera”). Debut desconcertante éste, en el buen sentido del término, aunque con una cantidad abrumadora de referencias que en algunas canciones entraban en abierta contradicción. ¿O es que la conciencia cero del zapping empezaba a generar sus discípulos más ilustres en el pop argentino de fin de siglo? (oír “Mutha eucka”). Alusiones ambiguas –a la lujuria, a las drogas– en letras sostenidas sobre una poderosa afinidad al ruido y a la psicodelia. Aunque se notaba la impericia para producir la placa, su arraigada devoción por el cambio los llevaba a transitar caminos insospechados. Los mejores momentos son esos en que la experimentación le devuelve caos al caos, margaritas por siempre.

trancezomba

Trance Zomba (1994)

De la mano de Funkadelic y Beastie Boys, de Wu-tang klan y el heavy metal, de la música disco y la psicodelia, la banda de Lanús volvía a hurgar entre las arenas movedizas de la experimentación. Sólo que esta vez la premura adolescente del debut daba paso a una búsqueda mucho más resuelta y decidida por los resquicios de una dimensión desconocida, alejada del formato convencional de la canción pop. En el camino, mientras tanto, hallazgos realmente sugestivos como “Malón”, “Ascendiendo” y “Patinador sagrado”. Aunque la preeminencia de las guitarras era indudable y los avecindaba al hardcore, mantenían su ferviente empatía por un eclecticismo sedicioso, renovado en ese entonces por la presencia de DJ Peggyn, quien amplía la búsqueda baba_sónica. Talento para apropiarse de un imaginario juvenil (violencia, cultura urbana, etc) aunque Adrián –cuyo nombre complementa ya con Dárgelos– está todavía por entregar sus mejores composiciones. Por ahora, en trance.

dopadromo

Dopádromo (1996)

Desde el inicio se sabe que este disco va a ser distinto. “Zumba” es una de las primeras canciones en que Dárgelos y los suyos se desmarcan de la experimentación bajo las coordenadas funk/hip hop/metal para adentrarse a otros territorios. El abandono de las temáticas callejerojuveniles esbozan los nuevos pilares del universo babasónico: embeleso por el mal, fijación por la obscenidad del poder, cultura de la basura y de los subgéneros fílmicos, literarios, televisivos, como si aquello se tratase de una película de Russ Meyer. Todo ello acompasado con su afinidad a una psicodelia licenciosa y a sus viejas alusiones –cada vez más explícitas– a alucinaciones narcóticas y a una sexualidad desenfrenada. Guitarras y bajos distorsionados que encajan cada vez mejor con esa electrónica pastichera. Bailar arquitectura con esas actrices de películas de bajo presupuesto. Y en medio de todo, el cantautorismo de Dárgelos afianzándose sobre el escenario. Este disco, el primero que escuché de ellos, es también uno de los mejores y más queridos (al menos, uno de los que más me gusta, quizá porque también yo empezaba a ver las cosas de otro modo). Y tras la resaca de la madrugada, lo que queda son estas canciones de una luminosa perversidad.

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Babasónica (1997)

El rostro del mal es una mujer que cambia de apariencia por toda Buenos Aires. Basta oír “Egocripta”o “Demonomanía” para comprobar que la banda retorna por los fueros del hardcore y da forma a la fascinación que siente Dárgelos por Mefisto. Es la cúspide de la figura depravada, viciosa que encarna y condensa las pulsiones abiertas: caos, insolencia, hedonismo. Pero también sirve para una especie de viaje interno, de autoexploración. Aunque esta vez la experimentación no invoca esa transgresiva capacidad para desacatar los formatos del rock, sino para recrearlos. Gran disco. Salvo honrosas excepciones, Babasónicos ya no suele tocar las canciones de este disco.

miami

Miami (1999)

Tras el agotamiento de la demonomanía y del sonido hardcore, el colectivo vuelve a deslizarse por la cultura trash, el rocanrol estrafalario, los subgéneros, el cine serie B, la pornografía y otros gustos afines para redefinir su imaginario. El camaleónico resultado es un álbum de frontera, a medio camino de todo pero no por ello trunco. No sólo la línea fronteriza entre Argentina y Paraguay, sino también la de México y EEUU. Y sobre esa divisoria se superpone otra, aquella que reivindica la desfachatez como reactivo antes que la mediocridad de la esfera oficial gaucha, representada en ese entonces por el menemismo cultural. Todo ello traducido en la recuperación de una electrónica extravagante –de la que habían hecho gala en Dopádromo–ahora salpicada por la reverberación folkie a caballo entre la psicodelia de los 60 y una impecable decadencia. Escucharlo es como una profecía de lo que vendría algunos meses después en Argentina.

off the record: qué feas portadas las del inicio.

*(no se incluidos los remixes, los lados B -Vórtice Marxista, Vedette, Groncho-, tampoco la banda sonora Las mantenidas sin sueño o el EP Mucho +)

§

D-generación

Patinador Sagrado

Perfume casino

Egocripta

Los desfachatados

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