Darren Aronofsky – El luchador
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por
bruno docampo
Más vale tarde…
¿Recuerdan aquel epígrafe bíblico que antecedía a El perseguidor, la estupenda nouvelle que Julio Cortázar publicara en Las armas secretas? Sé fiel hasta la muerte (Apocalipsis 2,10) parecía resumir la trayectoria de Johny Carter, el protagonista del relato, un saxofonista cuyo excepcional talento es el anverso de una vida siempre en desconcierto, siempre en otra parte. Pues bien, ese mismo epígrafe calzaría perfectamente con El Luchador, la última película de Darren Aronofsky, protagonizada por el no menos talentoso Mickey Rourke.
La historia de El Luchador no es demasiado distinta de otras que narran las vicisitudes de los viejos peleadores. Rourke encarna a Randy “The Ram” Robinson, una vieja gloria de la lucha libre en los 80 que, tras 20 años de victoria y fama, está en caída. Luego de un paro cardíaco, impedido de luchar -tal vez la única actividad que realmente lo anima- Randy abandona el wrestling e intenta adaptarse a una aplastante cotidianidad, tan distinta del simulacro de violencia que vivía por las noches en las luchas (artificiales pero no por ello menos impresionantes) Entonces, empieza a trabajar más horas en un supermercado, al tiempo que procura vincularse con una bailarina nudista, Cassidy (Marisa Tomei), e intenta conseguir el perdón de su hija, Stephanie.
El acierto de la película es seguir a su protagonista, instalarse en el aplastante día a día, acompañarlo en su inmolación. El abandono de las viejas tretas y los simulacros del wrestling por parte de Randy tiene correlato fílmico el abandono de ese tremendismo visual del que hizo gala Aronofsky en cintas anteriores . Lo que queda, entonces, es un relato descarnado y vivencial, un cine desprovisto de innecesaria pirotecnia, efectivo sin ser efectista: Randy despierta, va a trabajar, se desgarra, se desbarranca y la temblorosa cámara de Aronofsky está ahí para registrar este errático y entrañable recorrido.
Intentando no ser apabullado por su vieja gloria, pero viviendo de ella (no es casual su reivindicación de los ochentas); procurando establecer vínculos para el futuro, pero echándolos también por la borda, Randy termina por retornar a lo mejor que sabe hacer. El último diálogo que sostiene con Cassidy es más que significativo: “Esto es lo que hago, el único lugar donde puedo salir lastimado es afuera”. Entonces suena “Sweet Child O’ mine” y Randy entra al cuadrilátero golpeándose los codos, saludando al público que vitorea su nombre.
Imposible no pensar en el propio Rourke, vieja gloria del Hollywood de los 80. Pareciera siempre querer estar en otra parte, como el personaje de Cortázar, como el personaje que encarna en El Luchador. Pero hay que verlo ajustándole el pulso a “The Ram” para comprender que también él ha vuelto, que esto es lo mejor que sabe hacer.
Sé fiel, Mickey, sé fiel.
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