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El viejo Nacho siempre ha sido una caja de sorpresas. El compositor de Gijón ha sabido sacarle partido a su particular talento para entregar temas de un aire abatido e incandescente, como si por la sangre le recorriera esa tristeza eléctrica de la que ya alguien ha hablado antes. Actos inexplicables o Desaparezca aquí eran memorables ejercicios donde ese talento se desplegaba. El años pasado, Nacho Vegas, volvió a publicar un disco en solitario, titulado El manifiesto desastre. Y aunque la nota de prensa resulta excesiva -”sus nuevas canciones son tan explícitas que apenas dejan rincón de la casa por barrer”- quizá ese el motivo por el que el disco me convence sólo en parte. El malditismo de Nacho es de esos que aparecen cuando se prenden las cámaras y ha terminado por acercarse peligrosamente a la de otros cantautores menos privilegiados (así, Bunbury) o entregados a la complacencia (así, Sabina). Hace unos días, casi ocho meses después del lanzamiento de El manifiesto desastre, el buen Nacho decidió lanzar el videoclip del primer single, “Dry Martini SA”, pero está lejos de hacerle justicia a esa canción, a mí parecer una de las mejores del disco. ¿Las otras que recuerdo? “Detener el tiempo”, esa suerte de arrobadora novela de aprendizaje. O la no menos deslumbrante “Crujidos”, donde Nacho retoma las tribulaciones de antes, las de siempre, las que importan, para ofrecer una de las canciones más conmovedoras que haya firmado.

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