up

El mundo no es un lugar tan malo. Eso es lo que pensé mientras veía Up, rodeado de niños, todos ellos, camuflados detrás de sus lentres 3d. Todos ellos, como yo, riéndose y sufriendo en el viaje del pequeño y entrañable Russell junto al viejo y renegón Sr. Fredricksen. “Viajar perder lugares”, dentro de una casa sostenida con cientos de globos de helio. Más emparentado con el cine de Miyazaki y con los dibujos pioneros de Disney, Up es la aventura tragicómica de dos generaciones. Por un lado el chiquillo impetuoso e ingenuo y por otro el viejo viudo en su último grito de libertad. Quizá la misma persona en dos etapas de su vida distintas.

Existen tópicos infaltables en todos los clásicos. La muerte, el amor, el problema con los padres, el viaje, el cambio. Up tiene bastante de esto. El viaje es consubstancial a sus personajes, un necesario cambio, una expiación. La aventura por su parte: sus miedos. He ahí el conflicto de Up. ¿Salen o no airosos? de esta especie de prueba definitoria.

El mundo no es tan malo pensaba. Aún existen códigos inviolables. El juramento de corazón por ejemplo. Más allá de un compromiso, existen responsabilidades con la vida a las que uno le puede rehuir, sea uno niño o anciano. La búsqueda de sus metas, de sus sueños. Finalmente Russell, el pequeño boy scout, necesita la última insignia para graduarse como niño explorador. El Sr. Fredicksen está ahí justamente por un compromiso de corazón con su esposa, abatido y acorralado por la modernidad –dibujada como grandes edificaciones y señores de saco y cobarta-. Su viaje es sedicioso en el mejor sentido posible. No solo contra la modernidad sino también con los viejos tabués. No es gratuito que finalmente el enemigo sea el héroe de la niñez del Sr. Fredicksen.

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Russell además arrastra el problema de la ausencia de la madre (¿murió? – No se sabe) y del padre (el trabajo no le deja tiempo para pasarla con su hijo?). Como el Sr. Fredicksen su lucha es contra la modernidad. Su objetivo es obtener la medalla para ver a su padre, para hacerlo sentir orgulloso, para robarle acaso algo de tiempo. Finalmente hace todo eso, para recordar cuando se sentaban a comer helados mientras jugaban al auto rojo – auto azul. Ausencias habitan en nuestros dos personajes. Y será por eso que el compromiso con Kevin (raro pájaro que aparece) es tan importante. Su lucha por devolverlo a sus crías, una cuestión de honor.

La película está demás decirlo es impecable en cuanto a lo formal. Un excelente uso del 3d, un trazado y una música ideales hacen aún más placenteras las casi dos horas de visionado.

Siento que asistimos, como seguro asistieron nuestros padres -o nosotros mismos- a los primeros dibujos, a la consolidación de clásicos de la animación, que seguro susbsitirán a varios cientos de años más. Buscando a Nemo, Wall-E y Up se me ocurren imprescindibles en la educación audiovisual de mis futuros (?) hijos. Y es que siento que todos en el fondo queremos que este mundo, nuestro mundo, pueda ser un buen lugar para vivir. A veces un buen vieje, o alzar la mirada al cielo nos pueden hacer tener esperanzas en ello.

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