Manhattan 01

En el cine de Woody Allen existen muchas pretensiones, pero en su mejor época estas siempre estuvieron subordinadas al estilo de las representaciones o el espectáculo norteamericano a los que era afín, sea el vaudeville, la comedia clásica física o sofisticada, y por supuesto los grandes dramas. Óperas llenas de romance y tal vez mucha ingenuidad, que el autor en ciernes, y ya bastante instruido por la vida y la postmodernidad, se encargó de desmontar en uno de los estilo más interesantes creados con los materiales propios de esas rutinas que ya lucían cansinas en los años ’70. Eso si consideramos la gran influencia que comenzó a ejercer ese acercamiento más realista proveniente en su mayoría de las producciones europeas.

Manhattan es la cumbre de esas alocadas búsquedas que Allen realizará en sus primeras películas decididamente pícaras. Desde la entrañable Annie Hall, su trabajo se definiría a grandes rasgos como parodias elaboradísimas que a su vez guardan conflictivos acercamientos entre lo candoroso y lo crítico, ya sea acerca de las relaciones sentimentales, o come estás se definen en el particular contexto de la fauna intelectual de una gran ciudad. Esto coincide Allen con aquella vertiente de las comedias dramáticas que fuera muy popular a fines de esas década, sobretodo con títulos como Una mujer descasada y Kramer contra Kramer. Esa influencia se nota hasta ahora en sus muchos pretendidos continuadores del cine y la televisión.

Woody resuelve esta película bajo una premisa aparentemente sencilla: ¿Cómo hacer una historia de romances en una tiempo como este? La respuesta la encuentra en sus queridos habitantes del imaginario hollywoodense de antaño. Manhattan se desarrolla entonces como un cuento de hadas, pero uno paranoico y masoquista, como no podía ser de otra forma en Allen. Si su verborrea ingeniosa y punzante había transitado en todos los laboratorios imaginables a su sensibilidad ecléctica, esta encuentra su mejor refugio frente a un espejo de feria que presenta dos universos contrastados. Por un lado esta el realismo en la presentación de las relaciones amorosas que tras la época de la contracultura y la politización extrema, han devenido en los refugios del descreimiento y la ironía. Pero todo ello se encuentra revestido de un aire de irrealidad digna de las películas de Ginger Rogers y Fred Astaire.

Manhattan 02

La notable obertura con la que el director imagina una película musical e impresionista es bastante explícita al respecto. El humorista que es y que interpreta Allen comienza a recitar pasajes de su soñado libro de remembranzas mientras la ciudad, que se dice “nunca duerme”, despierta bajo los acordes de Gershwin (que nunca han tenido mejor contra punto visual que acá). Se suceden las imágenes idílicas y lejanas, pero también otras en las que la narración trastabilla o retrocede sobre sus pasos mientras la cámara se acerca al monstruo de concreto para descubrirla en su aspecto ordinario, donde la gente corre presurosa para llegar al infierno del trabajo, o donde se acumulan las bolas de basura. Si algo tuvo de radical Woody es haber conservado su lado soñador para esta entrada elegante a la edad mediana.

Eso es lo que también termina siendo Manhattan: una película sobre la crisis de un cuarentón. Si en 1977 Alvy Singer se tomaba como pretexto la relación con Annie para dar una primera mirada atrás, Isaac Davis no puede menos que hostigarse ante la aparente certeza de que no podrá nunca acostumbrarse a la decadencia de su especie, aquella que se la dará de conocedora e importante pero no pasa de exigir de él solo chistes baratos para programas de prime time, o que se distingue por querer dar la contra de las opiniones consensuales respecto a lo que vale o no en el mundo de la cultura, a su modo de ver, el único importante. La verdad de su confusa percepción de intelectualoide en trance, nos la muestra Allen en cada uno de los aspectos de su vida: con la sucesión de peleas repentinas en su mundo laboral, con los debates sarcásticos en la vida “bohemia” o “caviar” de alguna velada en un bar de Greenwich Village, o con la apocalíptica visión de las mujeres que proporcionan su ex esposa y su pareja del mismo sexo.

Lo formidable de Manhattan es que estando condicionada por a esa suerte de visión neurótica a los restos de la idealización del amor, sea a su vez una de las cintas más románticas que haya hecho su creador. Como mencionaba antes, el propósito de Allen es siempre entrecruzar las miradas inocentes y descreídas. Pero en esta película consigue elaborar una serie de estrategias que hacen de ella esa una gran sinfonía del mundo moderno, aquel que convive con el caos y el ruido de la realidad con instantes de epifanía, momentos de suspensión que se alternan con la natural tendencia a los juicios y valorizaciones del realizador, protagonista, víctima y privilegiado participante.

Manhattan 03

En ello cumplen función determinante ese blanco y negro tercamente impuesto por Woody, y también el espectacular formato wide screen con el cual la película se ha exhibido desde entonces tanto en cines como en televisión y sus respectivos pases al video. El primero seguramente Allen no dudaría de catalogarlo como “diversidad de grises”, algo que es la base de mucha de su filosofía. El segundo le proporciona al filme dimensiones épica mucho más cercanas a la de las coloridas fantasías de Minnelli o Donen, aquello que supieron darle al cine norteamericano una de sus expresiones más ágiles y transparentes, donde la cotidianidad se trastoca por medio de solo una frase o un movimiento. Solo vean la memorable secuencia en frente al puente de Brooklyn, zona movidita, pero convertida en espacio pictórico para una pareja de madrugada.

A ese homenaje trastornado a su mundo o burbuja, acuden personajes no menos dignos de su eterno amor-odio. La conflictiva y quisquillosa Mary (Diane Keaton) es tal vez la que más sintonice con su humor y por ello Allen le dedica los pasajes más extensos dedicados a ilusión amorosa, mejor dicho a lo más cercano al amour fou que puede haber en su universo. Con su académico amigo Yale (el nombre no resulta nada casual) y su mujer Emily, sale su lado más observador y crítico, aquel que ya no encuentra ni un poco de validez en la tranquilidad marital, que finalmente se revela como inexistente. Y por supuesto, no se puede decir algo mejor de esa hecatombe total que es, a sus ojos, la existencia triunfal del sexo opuesto sobre sus propios desechos que representa Jill (Meryl Streep), fría, arribista y calculadora, que no por nada es presentada como el personaje más antipático del filme.

Todos ellos junto a Isaac y sus comunes quimeras, toman la apariencia de niños perdidos en la selva de sus egoísmos y faltas de compromiso. Pero en medio de ellos Woody se permite una última epifanía más, una presencia insólitamente redentora. Tracy (Mariel Hemingway en su mejor papel), la anunciada nínfula del show, se convierte ante nuestros desconcierto en la criatura más lúcida en este patio de escuela. “Tienes que confiar más en la gente”, le dice con insólito afecto al atribulado Isaac, que no puede evitar soltar su primera y sutil sonrisa sincera. Así también ella termina derribando nuestro propio cinismo. Palabras que no se sabe si guardan inocencia o madurez. Yo por mi parte prefiero quedarme con el misterio.

Manhattan (1979)

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