Samuel Fuller: “una película es como un campo de batalla”
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Jorge Esponda

Cuestiones diversas hicieron que se me pasara en estos días los cumpleaños de algunos de mis directores favoritos como John Huston y Nicholas Ray. No cometeré esa falta con el de hoy día: el genial Samuel Fuller
Si no hubiera sido ese hombre enérgico, que pasó por tantos trances extremos en la vida, tal vez hoy estaría apagando su velita número 97. Pero luego de una extensa carrera, casi en los entretelones de ese gran teatro llamado prestigio, Sam dejó de existir en octubre del año 97.
No importa, porque su terreno de combate siempre fue el cine y las armas con las que contó fueron algunas de las ideas más interesantes de esa cinematografía que las generacioens de los ‘50 y ‘60 comenzarían a venerar.
Fuller, antes que nada, fue en hombre de acción. Desde adolescente toda su curiosidad por el mundo y sus acccidentadas circunstancias se vio volcada en la actividad periodística a la antigua, aquella que se forjó en la práctica antes que en la sofisticación de los ambientes académicos.
Crímenes, hechos pintorescos, la vida política y social de los Estados Unidos de la primera mitad del siglo, fueron todos proporcionándole el material de su futuro cine extremo, pero fue luego dar vueltas en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, que comenzó la verdadera proyección de sus convicciones sobre esa estética que definiría tan bien en su breve aparición en Pierrot el loco de Godard.
En su cine hay todo lo que buscan siempre los más mercenarios productores: sangre, persecusiones, acción. Pero lo poco concesivo que se volvió rápidamente hizo que su margen de trabajo pasara casi a la serie B, a producciones independientes que a su vez inspirarían a los posteriores autores de esa franja. Cine económico pero resuelto en un estilo turbulento y exhuberante gracias a su creativo empleo de la cámara y el montaje. No en vano varios postmodernos admiradores del cine criminal, desde Melville, Scorsese, y finalmente Tarantino, le rendirían sucesivos homenajes.
Pero más allá esas virtudes formales, fascinantes en si mismas, el aspecto que siempre me deslumbra es el como entre sus intrigas policiales, westerns, cintas bélicas, o crónicas negras, se van deslizando detalles originales que no le deben a nadie más que sus propias viviencias. Ese cine aunténtico del cual se desprenden cantos que no son necesariamente de gloria ante la batalla ganada. Ciertamente valdrá la pena volver a escucharlos.



