Los 50 años de Kind of Blue

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Debo haber escuchado Kind of Blue a los 14 o 15 años y desde entonces no he vuelto a ser el mismo. En esa época no era, ciertamente, uno de esos fervorosos aficionados al jazz e incluso ahora disto mucho de serlo. Si por entonces hubiese formado una banda me hubiera gustado sonar como Joy Division, Jesus and the Mary Chain, Sonic Youth, The Clash, Beastie Boys, música perfectamente normal para alguien que pensaba que había una parte de la adolescencia  tenía que acabarse pronto y otra que debía perpetuarse a toda costa. Y mi rala colección de cassettes terminaba por marcar el entusiasmo por esas bandas y por sonidos afines a ellas. Si empecé a escuchar jazz fue por influencia directa de uno de mis primos, quien sí tenía una colección considerable de discos –de vinilos, no de cassettes– y así fue como descubrí los poderes secretos de gente como Charlie Parker, John Coltrane, Chet Baker, Ornette Coleman y, desde luego, Miles Davis.

Hay cosas que no pueden explicarse con palabras. He vuelto a escuchar Kind of blue hace un rato y he encontrado algo nuevo. Fue precisamente lo que ocurrió las primeras veces que oí ese álbum –y todos los demás álbumes de jazz que escuché por esa época–, ese primer sobresalto que uno tiene cuando descubre algo insólito, cuando se topa cara a cara con lo nuevo. Ese disco tenía casi cuarenta años de grabado cuando lo oí por primera vez y parecía recién salido del estudio. A medio siglo de su publicación todavía produce sensaciones sorprendentes.

Son muchas las anécdotas y mitos que se cuentan sobre Kind of blue. Que el estudio de grabación estaba en una vieja iglesia. Que cada pieza salió a la primera, sin ensayos ni cortes. Que le estaban quitando el cuerpo a las secuencias tradicionales de la música contemporánea para experimentar con escalas y formas modales. Que sólo hicieron falta nueve horas para crear una obra maestra. Que Miles estaba revolucionando el jazz, como lo hizo con Bitches Brew, diez años después. Discos como giros, como asombrosas vueltas de tuerca. Oírlos es como imaginar al gran Miles persiguiendo algo sin saber exactamente lo que es. La vaguedad, el sonido impredecible y preciso, la apariencia taciturna y a la vez poderosamente seductora de esa música que hace entrar en un ambiguo estado de conciencia donde se juntan varios lugares y épocas. Y Miles Davis en todas ellas.

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So what