El club de la pelea: el romántico placer de la devastación
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por
Jorge Esponda

Existen muchas opiniones encontradas acerca de la estética que implantaron un puñado de cineastas en la producción industrial de los años ’90. Tecnología y un dominio de mercado, muy avanzados, hicieron que desde Hollywood se desarrollara la fusión más perfecta, acerada y ominosa, muchas veces, entre la estética del video clip y la del cine, que bien podía ser aquel que busca el entretenimiento más evasivo y atronador, o el de intenciones más autorales. Tal es el caso de David Fincher uno de los “prodigios” más mentados desde su feliz participación central en este fenómeno que no ha hecho más que extenderse en el nuevo siglo hasta niveles insospechados. Es como si se tratara del mismo colonialismo alienante que invade al protagonista de esta película adaptada del universo hiperbólico de Chuck Palahniuk.
El club de la pelea es una película que se distingue por todo ello, pero también por una abigarrada reunión de referencias que intentan hacer eco de una serie de arrebatos reunidos, paradójicamente, con método. Disimulada con filtros y cromatismos nocturnos, es la exaltación o rebeldía misma de un ser contemporáneo, aplastado por las sombras acumuladas de la civilización, que es a su vez una metáfora, de amplias pretensiones, sobre la urgencia demencial del creador tardío, de aquel que no llega para descubrir o inventar nada, aunque sienta que tiene algo que decir. El combate contra los mismos cimientos que oprimen la cada vez más estrecha entrada al paraíso del ego llamado vanguardia. Así es como Fincher parece sintonizar con el nihilismo que se extrae en cada pensamiento, descripción, y suceso en la vida y mente del narrador de la búsqueda ontológica más espectacular que se haya querido representar en pantalla.

La película es una sucesión de episodios narrados de forma ágil, evadiendo academicismos, y con una constante irreverencia que intenta compensar en rasgos paródicos, todo aquello que en el argumento y puesta en escena, resulte cuando menos artificioso. Y es que como el mismo material en el que se basa, El club de la pelea es una película abocada desarrollarse en la grandilocuencia, afán en el que sale librada a medias. La subjetividad impuesta al espectador sobre esa suerte de ascensión alternativa al poder, es tal vez lo mejor del espectáculo, desde donde todo el arsenal de recursos audiovisuales del director, es disparado con total comodidad. Dicho esto aun cuando no hay un guión más férreo y sintético, como en la lograda Se7en, la cual es superior en muchos aspectos.
En El club de la pelea todo está dispuesto para dar cuenta de la preparación de un complot, una trama, la que desarrollan el protagonista y la que a su vez lo utiliza a él para dar cuenta de una teoría estética, tan esquizofrénica como la del proyecto Mayhem, que responde a su vez a una serie de hechos de la vida cotidiana, vistos como alimento de la paranoia moderna que se ve ahí representada. Fincher no encuentra mejor forma que esa para dar cuenta de ese bombardeo del que se siente víctima el narrador, acosado por la vigilia, la rutina, y el telemercadeo. Pocas películas en el mainstream reciente se han permitido llegar a ser tan bizarras. Y no es que aquí existan mayores dosis de sordidez o excentricidad de las que se puede encontrar en tantas cintas de horror o thrillers de la actualidad. Pero acá reina la desfachatez, el desconcierto, y la incorrección política como si quisieran ser la versión redimensionada de La naranja mecánica. Algo que simula bien pero a un nivel menor.

En el mundo de este continuador adulto, pero todavía joven, de Alex, se ha establecido el reino de lo impersonal, la independencia y la comodidad conseguidos a costa de un pacto no escrito con la sociedad de consumo, y con una cierta angustia que intuye que algo se desvanece interiormente a la velocidad de una línea de pólvora. Es un gamberro y subversivo, obligado a serlo, o más bien inspirado por su inseparable Tyler Durden, quien más que su alter ego es su pareja dispareja. La actuación de Edward Norton es interesante por la forma en que modula las etapas de esa rabieta hecha terrorismo puro, algo que lo distancia bastante del inmutable fanatismo en el papel de Brad Pitt. Precisamente los momentos en los que el primero luce extraviado o cumpliendo su faceta de “turista” en las reuniones de enfermos, deben ser los más destacados, puesto que el decidido humor con los que están tratados no desentona con lo finalmente naif del conjunto.
“Todo esto es por Marla Singer”, se dice el antihéroe, absuelto por un amor alcanzado a través del exorcismo de su caos íntimo para ser proyectado en el mundo que domina solo de noche, y que pone en igual de condiciones a ejecutivos y obreros. Añoranza de un nuevo tipo de fascismo surgido extrañamente de una revuelta contra el que ya se encuentra establecido. Idea poderosa a la cual va traicionando de a pocos el desarrollo del filme, sin duda debido a los imperativos de tener que ser un taquillazo, que nunca fue. Desbocado e irregular, así podría definirse a fin de cuentas este proyecto más apasionante cuando piensa en pequeño, en el sótano donde este grupo de ciudadanos intenta cruzar la frontera del autoconocimiento, que cuando intenta abrir sus límites hacia toda una franquicia, dispuesta a convertirse en un probable partido político tras consumarse la hecatombe. Realmente podría haber sido una gran película sobre la exacerbación de los temores ante la sofisticación progresiva e incontrolable del ser humano a puertas del siglo XXI y las revoluciones de los universos virtuales, de las fantasías al alcance de la mano o, en este caso, de un tembloroso puño cargado de ira. De haber sido así, ¡que corolario formidable serían esos edificios estallando como fuegos artificiales de recepción al nuevo milenio!



te faltó droga para analizarla man…
buen intento