The Chameleons – Script of the Bridge
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por
Jorge Esponda

En la galaxia del post punk hubo mucho, pero ante todo sombras. Los sonidos provenientes de Manchester fueron especial influencia, y desde ellos se expandió un reino que cubrió los paisajes de toda Gran Bretaña dejando solo dos opciones: la ironía y la melancolía. Dentro de sus propulsores ochenteros suena rápidamente en la cabeza las melodías de The Cure, Siouxsie and the Banshees, o Echo and the Bunnymen. Pero los entonces chicos de The Chameleons no merecen quedar rezagados, tal y como lo fueron luego de un inicio no menos prometedor con la arrebatadora In Shreds, una canción que se cuenta fácilmente entre lo mejor que surgió en aquella década.

Líderados por Mark Burgess, esta banda sacó tres discazos con los que se pueden definir muy a la generación que se inspiró en Joy Division. Nunca tuvieron las evidencias tenebristas Bauhaus, pero podían llegar a ser absolutamente perturbadores. Tampoco tenían la sensibilidad freakie a flor de piel como The Smiths, aún así resultaron ser muy imaginativos para dar cuenta, al mismo tiempo, del vértigo del mundo moderno y de la extraña representación de éste en el mundo interior, personal, como lo tendría cualquiera abstrayéndose en la memoria y sus sensaciones, aquellas a las que nos transportan con tanta facilidad las melodías que Reg Smithies y Dave Fielding arrancaban a sus guitarras complementándose a la vez, haciendo eco una sobre la otra como si fuera la más complicada maniobra de una pareja de bailarines de ballet.
Script of the Bridge, es el primer larga duración del grupo, y cada vez creo que es el más me gusta de todos. Tal vez porque parece que lo dice todo sobre el grupo desde su título y su portada. En este disco angustiado, nostálgico y abstracto, convive la enésima versión de aquellas tonadas que se remiten a la vida de un chico británico extraviado en el inicio de la vida o desolado en la estación siguiente, con los ritmos más sobrios, o digamos elegantes que se podrían encontrar, en un contexto o tendencia donde todo era paranoia y dramatismo extremo (escuchen la cautivante View from a Hill). Mark Burgess, suena y parece, por mucho, un autista al lado de Robert Smith o Ian McCulloch.
El sueño o pesadilla del éxito, nunca llegó más allá de los confines británicos. Tras su separación abrupta en 1987, a pesar de haberse convertido en fetiches de la crítica local, con Burgess siempre como el miembro más visible, el grupo regresó brevemente en esta década de revivales, solo para complacer a los nostálgicos ex jóvenes que los vieron y aplaudieron en sus primeros afanes, y tal vez eso sea lo mejor que le pudo suceder a estos adoradores de The Beatles. No hay tema que manejaran como motivo mayor que el del extravío, la sola idea de sentirse fuera del mundo, de esas oscuridades que los acogieron tan bien. Los camaleones se sienten más cómodos en la discreción, que en verse obligados a descubrir su segunda piel.



