Amélie: Alguien quiso que pruebes sus postres
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Jorge Esponda

En la primera y en la última secuencia de la película, el narrador de timing truffautiano nos entrega los pormenores de un puñado de sucesos simultáneos pero inconexos: una mosca se posó en una calle, dos copas bailan sobre un mantel al ritmo de un ventarrón, unas monjas jugaban con una pelota, un lector quedaba maravillado por un hallazgo científico que nadie más parece prestar atención, o una maquina de dulces no para de hacer dulces. La gracia de toda esta historia, la que el director y la protagonista de peculiar rostro se plantean, es hacer que ese rompecabezas descomunal cobre sentido. Algo que tenga un orden tan personal e indescifrable como aquella cajita con los recuerdos de un niño, la que despega la naturaleza deliciosamente infantil de Amélie Poulain.
Jean Pierre Jeunet es un loco total, y de ello ya daban cuenta sus películas previas Delicatessen y La ciudad de los niños perdidos. Pero en Amélie hay algo que resaltaba diferencias y no era precisamente el hecho de que aquí se da el salto del cine fantástico propiamente dicho, hacia una especie de versión contemporánea del realismo mágico, traspasado a las tradicionales calles parisinas con ingentes dosis de imaginería publicitaria. En esta película todos los acontecimientos serios o divertidos están marcados como puntos o estratagemas de un juego, de aquellos que solo encuentran compresión en la mente de quien los practica, especialmente si se trata de alguien solitario, que lo es cualquiera en el momento en el que menos se lo piensa.

Amélie es una cinta hecha para gustar y eso es algo que consigue mayormente bajo el mismo método de su propia heroína en pantalla, so pena de desprecio para quien la considere fútil. Pero al mismo tiempo es una película hecha para desconcertar, objetivo en el que resulta aún más curiosa. Así es como vemos una sucesión de imágenes y explicaciones delirantes, mayormente filmadas en planos detalle o medios, que contrastan nítidamente con todo el exterior, si se quiere la realidad, a la que rehúye la señorita Poulain (un papel inicialmente pensado para la foránea Emily Watson). Jeunet, hombre de larga experiencia en el medio audiovisual, a pesar de su breve filmografía, sabe muy bien que para poner en práctica sus adoradas extravagancias, debe ganarnos como espectadores con una historia que en el fondo encierra tanta sencillez como grandes posibilidades. La búsqueda de la felicidad no ha resultado tan irresistible, pero también caprichosa y retórica, como en esta película.
Alimentado también por la psicología de los personajes del cine de Terry Gilliam, el francés nos presenta otra de esas carreras por la eterna evasión, una misión con la que muy pocos dejarían de identificarse. Pero su transcurso no intenta destruir el concepto de la tediosa rutina, todo lo contrario. Mañosamente nos dice que hasta la más embriagante fantasía es posible si se presta atención a ese entorno de todos los días, donde lo único que falta es que uno recuerde todo aquello que lo hacía vivir en estado de gracia, cuando podías hasta ver conejos y ositos en las formas de las nubes. La opción es válida, pero aunque varios tramos son resueltos con ingenio visual, otros caen en redundancia, algo que sin duda no dejaría de ser considerado justificado debido precisamente al escenario y las actividades de aquella chica que trabaja en un café de Monmartre.

En esta parte vale la pena destacar como lo mejor de la cinta a Audrey Tautou, el hallazgo de este filme recargado de pretendidas originalidades, pero que acierta en su protagonista. Tautou aporta no solo la evidencia de su rostro aniñado, inocente pero vivaz, sino también una movilidad que la dirección opta por estilizar hasta el punto de convertirla en una suerte de mimo, representando todos los estados del asombro y la picardía de los primeros descubrimientos. Una princesa perdida entre la muchedumbre, que flota entre las brusquedades de la vida real, y que opta por su parte en comenzar a otorgar dones, sin medir consecuencias u olvidándose hasta de sí misma, como si se tratara de una versión paródica de la Emma de Jane Austen.
Lo que personalmente me llama más la atención de Amélie es el hecho de haber querido componer el himno más enfático sobre las necesidades del “yo interior”. En su búsqueda por detener el tiempo en un disfrute eterno, la protagonista emprende pesquisas, se imagina toda una vengadora, inventa juegos para evadir un flirteo convencional, en suma, nos permite conocer todas las personalidades imaginadas a lo largo de su vida, capitaneadas por su “super yo”. ¿Qué no darían todos por aplicar la misma magia tan siquiera un instante y dar a conocer todo aquello cuyo leve pensamiento los haría sonrojar? No deja de haber mucho de ambiguo en tales deseos, pero en esta aventura parisina toda esa malicia tiene un toque especial, ñoño pero no excluyente. Tal vez por ello, con todos sus peros, siempre nos parecerá un filme entrañable.



