Se dice que Elvis Aaron Presley era un niño muy retraído y era acosado en ocasiones por sus compañeros de escuela etiquetándolo de “hijo de mamá”. Por un lado esto era cierto, por cuanto ambos pasaron largas temporadas viviendo solos en el ambiente paupérrimo de Tupelo, Mississippi, a comienzos de los años ‘40. Pero a cambio de ello, el niño Presley comenzó a distinguirse por su creciente afición a la música local, el country, pero sobretodo el blues, restringido solo a las comunidades negras de entonces. Lo que sus primeros espectadores, de eventos religiosos y comunitarios, no previeron fue que aquél temeroso aspirante a cantante se convertiría en el rey profano de una tendencia que cambiaría radicalmente la forma de apreciar la música digamos “rústica”, y el espectáculo en general.

El fenómeno estalló a mediados de los años ‘50, una vez que Elvis hubiera pulido su imagen de rebelde, sexy, de la mano del Coronel Tom Parker, su eterno manager. Sucedió en sus presentaciones televisivas, cuando aquél chico sureño comenzó a practicar movimientos y gestos que atentaban contra el pudor de la época, una forma de seguir el ritmo endiablado que presentaba a la comunidad blanca. Esta ruptura en el mundo del showbiz norteamericano pude considerarse como el mayor logro en su carrera, y que le valiera fanatismos y repudios a partes iguales. Entre los más conocidos representantes de esta última tendencia se encontraba Frank Sinatra, resucitado y elegante como nunca en ese momento, e incapaz de reconocerle a Elvis sus dotes como cantante melódico, los cuales habría de explotar pocos años después, convertido en joven formal y con porte caballeroso, que motivarían un recordado encuentro entre ambos astros en 1960.

Pero el Presley apasionante es el que precede a su entrada a la milicia, tiempo en el cual se suceden uno tras otro grandes canciones en los que los sonidos de su tierra, incluyendo el gospel, se reinventan en la agilidad y desfachatez del rockabilly, en el tan mentado rock and roll. Grandes canciones eufóricas como Don’t Be Cruel, Hound Dog, o Blue Suede Shoes, conviven con la serena cadencia de Love Me Tender, o la sensualidad de mi favorita Heartbreak Hotel.

Hecho una megaestrella, vino la era en la que Presley abusó de esa comodidad. Un montón de papeles complacientes en el cine, (salvo el de Estrella de fuego) lo mantuvieron hasta que procedió a volver a crearse en la madurez. Entonces apeló a transformarse en un showman contradictorio, de actuaciones sobrias pero apariencia extravagante, que para los años ‘70 ya le había ganado comparaciones con una drag queen. Era el momento en el que Presley se reveló con un extraño conservador, foto con Nixon incluída, un ser imponente en el escenario, un mito viviente que acometía hitos radiales y televisivos como sus en vivo desde Memphis y Hawaii. Lo que nadie supo es que ese poder absoluto se contrarrestaba con una vida cada vez más solitaria y dependiente de los medicamentos. Tal vez ya no importe tanto que con el tiempo se hayan inventado innumerables leyendas a partir de su repentina muerte a los 42 años, o que sus últimos años hayan estado muertos creativamente (“Presley murió cuando entró al ejército”, dijo John Lennon alguna vez), lo que nos queda es una trayectoria que en conjunto, como muchos otros con los que compartió los charts, fue artífice de una nueva forma de entender el mundo del entretenimiento, y por supuesto, el mundo artístico contemporáneo.

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