Dentro de la hornada de bandas de rock que comenzaron a añorar con dramatismo el glam, post punk y wave en estos últimos cinco años, The Bravery ha sido una de las más recurrentes de los últimos cinco años, especialmente porque esa asociación de referencias se adaptó a la moda del dance rock dominante en la escena musical neoyorquina en la que se han movido bajo el liderato del extraño Sam Endicott. Con este tercer disco demuestran una tendencia muy característica de la actualidad, y es que muchas de las bandas asociadas al indie, al menos en sus comienzos, apelan a experimentar cambios de propuesta tan volubles que solo acentúan las desesperadas maniobras, que lindan con lo esquizofrénico, por obtener una identidad a tientas, en medio de varias otras vertientes, estilo soltados y difundidos a velocidades nunca antes vistas.

Stir the Blood, titula muy bien lo que con mediana fortuna a intentado hacer el grupo luego de ese paso por alcanzar mayores audiencias, en su anterior disco The Sun and the Moon, del cual se extrajo Believe, su canción más conocida y de menos las atractivas. Trabajo con el cual intentaron no despegarse de los pasos de otros grupos de ambiciones similares como The Killers. Esta vez Endicott y compañía han intentado un ligero repliegue a sus todavía cercanos inicios, aquellos de los que se extraían canciones efectivas y con punche como An Honest Mistake y No Brakes. Todo este disco juega a ser una declaración del aspirante a estrella de que no todo está dicho sobre él, antes de que el siguiente en la cola se presente a la audición. Baby, we were born to be adored, o there’s more inside of me tan skin and bones, estalla al comienzo, seguido por guitarras que parece salidas del The Cure de Disintegration.

The Bravery es un grupo efectivo cuando quiere serlo, y sus arreglos nunca han sonado tan sofisticados como en este disco, que cuando menos podría cumplir con la invitación a revolver la sangre en la pista de baile, y una reaparición que parece sugerida en la portada (¿o será más bien el reconocimiento de su estado de pichón?). Por ello me resulta más apetecible que el resto del disco, Red Hands and White Knuckles, la canción que más se despega de los adornos rockeros y se define con claridad por el electro dance pop. Claro que tampoco dejaré de reconocer que Stir the Blood me resulta un tonificante, aunque limitado, punto a favor luego de su intento más comercial. Al respecto, Hatefuck es la canción más escandalosa del disco, y por lo mismo es mucho más bienvenida que otros homenajes a los héroes musicales más elegantes de la banda como en la primera canción promocional del disco, Slow Poison. El horizonte no se presenta demasiado prometedor a este grupo, pero como sucedió con los genios, su permanencia será también cuestión de bravura.

Hatefuck

Red Hands and White Knuckles

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