Metallica: discografía de algún tipo de monstruo
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Esta noche se cumplirá otro sueño para los aficionados peruanos. Una de las bandas capitales del rock de los últimos treinta años se presentará para retumbar la capital con el que se prevé, sea el espectáculo más visto de la historia del país. Casi 50 mil almas se darán cita para corear las canciones de estos monstruos, que como tantos otros sobrevivientes, han tenido que pasar por varias etapas, transformaciones, crisis, y desencuentros. Pero aún con todo ello, no se puede negar que Metallica son unos grandes. Hetfield, Ulrich, Hammett, y su último bajista Robert Trujillo, nos harán recordar momentos glorios del género, pero también nos dirán que la energía del metal sigue intacta aunque muchos hayan quedado atrás desvaneciéndose en negro. He aquí un sucinto recorrido por su trayectoria discográfica:

El primer disco de la banda californiana es uno de los que marca la eclosión del thrash. No es casual que ello ocurriera en los predios del Pacífico, donde también se gesto la variación más ruda e irredenta del punk. No poco de ello se deja escuchar en este trabajo que se grabó tras varios cambios en la todavía breve existencia de la banda. El mayor de todos fue la salida del emergente ídolo del metal David Mustaine, quien a pesar de todo, dejó su marca en algunos de los temas integrados a este asesinato en masa, y aunque llegó a tocar algunos de ellos con la banda, sería su reemplazante Kirk Hammett, el que terminaría grabándolos. Lars Ulrich acelerado, James Hetfield poninedo su marca como vocalista, y Cliff Burton magistral en el bajo, dan cuenta de este inicio feroz y notable.

Un paso más adelante, Metallica comenzó a realizar acá sus más logrados e influyentes experimentos. La banda de metal se decantaba por crear extensas y complejas estructuras armónicas. Y eso se puede destacar en temas que incluso van añadiendo ritmos más melódicos o ambiguos como en Fade to Black. Escuchando también Creeping Death o For Whom the Bell Tolls podemos distinguir esa nueva plenitud a la que la escena metal estaba llegando en ese momento. Algo que se confirmaría con su siguiente disco.

El disco que define a la banda y acaso a gran parte de su generación. Canciones acerca del belicismo y la política de esos años se resume en este explosivo manifiesto sobre títeres y titiriteros. El sonido Metallica en su esencia misma (a pesar de que el arranque es un breve solo de guitarra española). Es a partir del recordado Damage Inc. Tour que también se dan otros nuevos cambios. Por un lado mucho más espectacularidad en los conciertos (con la célebre The Ecstasy of Gold de Morricone encabezando las presentaciones). Por el otro es la muerte de Burton, que a su modo representa el fin de un periodo, tal vez el más característico, en la carrera del grupo. En su reemplazo entró Jason Newsted quien se las arregló para ganarse a la fanaticada en el puesto más volátil de la historia Metallica.

La puerta abierta tras la consumación del canto de gloria del metal, dejó a la banda con solo dos opciones, irse por algo más sencillo o por algo mucho más complejo y ambicioso. Afortunadamente, la banda optó por retrasar la primera opción y heredarnos su trabajo más sofisticado hasta la fecha. Esta justicia para todos es mi disco favorito de la banda y el que definitivamente marca un antes y después en el rumbo de estos astros que también vivirían a su manera las nuevas tendencias que se avecinaban en el horizonte (desde acá comienzan a grabar videoclips). Canciones de difícil ejecución y que los emparenta más que nunca con esa vertiente progresiva que habría de crecer con el paso de las siguientes dos décadas. Canciones como One, Eye of the Beholder, o la que titula el disco, se sitúan en una órbita extrema de pretensiones artísticas, formidable.

El comienzo de los años ’90 para Metallica significó en principio su expansión mayor como fenómeno de los charts, y de ello dan cuenta los millones de copias dispersas en todo el mundo, y entre público de todo tipo, del recordado disco negro, alusión beatleniana que no deja de ser la apropiada por cuanto en este trabajo se deja constancia de la banda y su nombre como una marca registrada, como las estrellas que salen de los predios militantes y alcanzan una masividad de la que hasta ahora sus puristas siguen renegando. Yo no podría hacer lo mismo ya que como muchos otros más, los conocí gracias a Enter Sandman, la canción más digerible que se hubiera escuchado hasta ese momento de Hetfield y compañía. Pero no por esa condición de hit, queda reducido su valor como el temazo que es, acompañado de otros como Sad But True, o las menos aceleradas The Unforgiven, y Nothing Else Matters. Con metal o sin metal se trata de un disco redondo.

Los extensas presentaciones que siguieron a la salida del disco negro fueron dignas de otros reyes de los estadios de ese entonces como Guns N Roses o U2. Pasada la vorágine quedaba el gran reto del siguiente paso a dar considerando la voluminosa cantidad de admiradores ganados en esos años. La respuesta se vio en ese extraño interregeno post grunge de mediados de los años ’90. Load debe ser uno de los trabajos más desconcertantes del grupo (St.Anger batiría el récord), pero acaso uno que se anunciaba en un momento en el que cualquier paso en falso podía llevar al fin a cualquier mito de los años inmediatamente anteriores. Una jugada a lo seguro, dirigido más hacia los fans del black que de los militantes ochenteros. Aquí se reducen minutos a las canciones, y se apela por un hard rock más convencional. Visto a la distancia es un disco decepcionante, pero no tan repudiable como su leyenda hace constar. Con las joyas de su cercano pasado se puede entender la rasgadura de camisetas.

Acentuando aún más la furia de sus fans, Metallica saca con bastante prisa este disco construido con mucho del material preparado para el Load. Esa sensación de oportunismo se deja sentir incluso en los mejores instantes como cuando transcurre la veloz Fuel, un tema que ya coquetea bastante con el próximo nu metal. Trucos de estudio que van alejando aún más al grupo de las aguas creativas pero que se convierten en el mal necesario para la supervivencia en una escena musical en plena transfiguración.

Como hipo en medio de las confusiones y las decisiones polémicas la banda saca esta colección de covers que a la larga se convierte en una ligera reivindicación desde el disco negro. Garage Inc debe aún más ligero que los discos previos pero revela con mayor humor, un lado relajado de Metallica. Todos ya treintañeros y con vidas un tanto más asentadas. La original explosión de antes sede aquí por una sucesión de homenajes y referencias personales de unos artistas maduros pero aún atentos y firmes, negándose a ser el cadáver que hubiesen querido muchos. En resumen, es una especie de regreso hacia los días de garage, cuando soñaban con vivir las vidas de sus ídolos, con sonidos y gritos a todo pulmón.

Aún cuando forma parte de esa década que inició potente y que terminó ingrata para ellos, menciono este disco en vivo por que se trató de un afirmación interesante en su momento. Se trata de las presentaciones que realizó Metallica junto a la sinfónica de San Francisco, conducida por el cinematográfico Michael Kamen. Tal pareciera que en este punto, la banda se atreviera a dar una nueva y arriesgada aclaración hacia sus críticos acérrimos. Acá se afirman como músicos nada reñidos con lo más tradicional y apantallante del espectáculo. Afortunadamente esa sugerencia se trajo una interesante revisión del género, “adornado” si se quiere, con la perfección, o los ornamentos de la música orquestal. Los temas de la banda se dejan oír redimensionados, algo que no se podría decir de casi todos los demás que siguieron su ejemplo inmediatamente.

El comienzo del nuevo siglo recibió a un Metallica con viva pero con la inevitable cuota de resentimiento. Uno de ellos fue la salida de Newsted y otro sus batallas con la distribución fonográfica por la cada vez más difundida estela cibernética. Ambos asuntos mantuvieron ocupados a Hetfield, Ulrich y Hammett, hasta que recién en 2003 lanzaron este disco que tomaba una temática exorcizante por todos sus costados. Eso se distingue desde Frantic, donde Hetfield canta como cualquiera de sus muchos imitadores, casi hasta ser irreconocible. Este nuevo disco de transición surgido en toda la onda Korn o Limp Bizkit, solo que postiza, debió de haber sido el verdadero motivo por el que uno se pudo imaginar a Metallica como parte del pasado. Ni la novedad de Robert Trujillo en el bajo le añade interés o curiosidad.

Y llegamos al momento en el que se reivindican los sonidos de los ’80, y el metal vuelve a ocupar un espacio más clásico. De ello da cuenta este disco en el que nuevamente todo el repertorio se extiende hasta más del doble o triple de la duración habitual para los radioyentes. Hetfield se deja oír con las ínfulas de antaño. No es un disco de tanta gloria como a la era que alude, pero significa un reencuentro prometedor y logrado. De ello nos convencen temas como That Was Just Your Life o My Apocalypse. El día que nunca llegaba está aquí.





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