Metallica en Lima: Nothing Else Matters!
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por
Jorge Esponda

La noche de ayer marcó necesariamente un hito dentro de esa rápida escalda de la capital peruana como escenario de eventos importantes del mundo de la música internacional. Y esto no solo dicho por la impresionante cantidad de personas con las que compartimos espacio para aplaudir a los ídolos del metal con cuyas leyendas nos hemos topado, hasta de casualidad en algún momento de nuestras vidas.
Debo decir que la primera satisfacción personal que tuve fue que en esta ocasión el epicentro melómano tendría lugar mucho más cerca de donde vivo. Así que dándome el lujo de la tardanza, algo en el que uno no debería confiarse si ve los reportaje sobre los campamentos de días que hacían las metal militias, llegué una hora antes de que se pusiera el sol y aún así no hubo problemas para otra tranquila tardanza de sabor etílico junto a un amigo.
Se nos cayó literalmente la noche cuando al salir encuentramos que la, hasta hacía un rato transitable, avenida Germán Amézaga acogía una cola que se comenzaba a extender con velocidad viral. Con un poco de apuro tomamos posiciones, pero al poco tiempo comenzamos a avanzar desde los contenedores hasta el derruido cerco de la Universidad de San Marcos. De pronto la cantidad de público corriendo por agarrar sitio en la fila me hizo entender que el verdadero que realmente si me encontraba con el tiempo exacto. Al parecer los que corrieran por la hora exacta se llevarían un chasco. La gente avanzaba a choques con los vendedores, unos de sandwiches, otros de latas de cerveza, algún otro despistado con los “cachitos de AC/DC”, y un flaco con dreeds que sin miramientos ofrecía “cocaína cocaína”.
A media cola comienzan a sonar los anunciados Necropsya. Algunos se lamentan, pero la verdad yo ni tuve tiempo de repasar sus canciones. Un último paso de las señoras choripan tentándome y finalmente ya estaba adentro, con la mente puesta solo en encontrar buen lugar. Después de todo un concierto de metal deja de ser tal cuando se vuelve tan multitudinario.
Veinte minutos para las nueve de la noche, la vista es impresionante desde la tribuna. Un mar de gente se ha adueñado de la cancha, y a mi lado muchos comienzan a vivir la llegada de Hetfield y sus camaradas de armas. La zona se va atestando pero sin que me deje de percatar de una chica de embarazo avanzado avanzando fiel a la emoción por entre toda la hinchada. No es una buena ubicación en al que estábamos, considerando una de las pantallas colocadas al centro del estadio, pero no nos decidimos a cambiar de lugar hasta que un tío a dos metros comienza a orinar agachado, mientras se hace el enfermo. Todo sea por el combustible que vinimos a adquirir. ¿no es así?
Otro amigo me llama y me sorprende por la facilidad con la que nos ubica, aunque haya tenido que usar por debajo de las rejas como muchos otros contorsionistas que parecían preparar algo para cuando estallará Master of Puppets.
De pronto comienza a sonar la música que acomopañaba al recordado Eli “el feo” Wallach cuando corría emocionado por un cementerio en busca de la tumba de Arch Stanton. Contribuyo al griterío y los aplausos, a pesar de que me distrae una chica que cayó en el cuento de los cachitos fosforescentes de AC/DC. Suena Creeping Death y se desata el delirio en una jornada que estaba marcada por más curiosidades que todas las que haya visto en toda esta ola de mega conciertos.
Desde entonces se marca esa diferencia que hace un evento de este tipo nos deje con más sonrisas a pesar del esfuerzo de horas, disculpas, amontonamiento, y dolor corporal. Ir a este concierto se convirtió en una aventura, saludad a cada momento por James. Lima la rompe, sonó como la más emocionante. Los clásicos del grupo comenzaron a intercalarse con más canciones noventeras de las que pensé que escucharía. Gimme fuel, gimme fire, give me that which I desire! y estallan las llamas, otro motivo más para no pensar en errores pasados. Metallica estaba frente a mí y no iba a pensar en nada más.
La agotadora jornada no concluyó con esas interpretaciones seguidas de Nothing Else Matters y Enter Sandman, como cualquiera hubiese creído hace un tiempo. La banda parece más que nunca orgullosa de su legado y de su más incontestable faceta. Así es que la recta final se lleno del más puro sonido de sus dorados años ‘80. Por momentos nosotros también nos sentimos testigos de aquél lejano nacimiento. La noche limeña se coronó con una larga despedida y púas al por mayor que le cayeron a los de la zona de adelante. Hermoso recuerdo de unos maestros en el escenario, en este año que promete mucho en varios aspectos. Ayer nos tocó uno.



