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Con su segunda película, la peruana Claudia Llosa ha conseguido lo que ningún compatriota había alcanzado antes. Por un lado el reconocimiento y la exposición mundial que un premio como el Oso de Oro de Berlín, le permitirá disfrutar al niveles nada limitados a comparación de los nombres más notorios de nuestra cinematografía en el exterior: Figueroa, Robles Godoy, o Lombardi. Por otro lado se encuentra la rápida definición de una obra personal e interesante que consigue sin la timidez de antaño, resolver lo que en décadas anteriores significaron las obras rupturistas o simbolistas que intentaban afirmar una cierta identidad a la cinematografía peruana, especialmente en los años ‘60 y ‘70 cuando el entusiasmo por las vanguardias y el rescate de las culturas nacionales se impusieron por tiempo determinado.

Pero con toda esa historia de pugna y sueños de radicalidad dentro del embrionario cine peruano, la todavía corta obra de Claudia Llosa impone un notorio desarrollo respecto a su interesante debut con Madeinusa hace tres años. No le llamo a esto depuración, porque personalmente no creo que estemos todavía a la vista del máximo de sus posibilidades. El estilo de la directora se mueve en medio de las dos más características vertientes desarrolladas en el cine nacional, al menos desde que los breves intentos emular los géneros del cine clásico mexicano, o las referencias teatrales, desaparecieron para dejar solo los valientes y sufridos intentos por desarrollar la actividad de manera independiente, esto especialmente desde la preciosista Kukuli. La teta asustada es menos fácil de identificar en el tono delirante y barroco que ostentaba Madeinusa, con aquellas representaciones irreales, festivas y recargadas, que van de la Escuela del Cusco, a Robles y los cortos de Aldo Salvini. Pero tampoco podemos verla como una representación tradicional y clasicista de la realidad a la cual se inclinaban el propio Lombardi, Tamayo, Durand, y yendo más allá, el hollywoodense Luis Llosa (el otro tío famoso de Claudia).

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La historia de Fausta se define en la única y paradójica condición de la ambigüedad. Pero aún con ello Llosa perfila mejor en esta ocasión ese tema que rondaba todavía por entre la observación etnológica y el afán pictórico o visualmente impactante de su anterior cinta: el proceso de exteriorización de una sensibilidad femenina sometida por mucho tiempo a un encarcelamiento. Ritual más intimo y menos exótico de lo que se puede pensar tras el tan anunciado o vendido impacto visual de la puesta en escena. El valor de este último aspecto radica en lo que llamaríamos una “peruanización” extremadamente estilizada, no desaforada como en Madeinusa, y que participa o se integra al drama personal como ese colorido enrejado existencial que somete a la protagonista, acaso no tan integrada a su jolgorio solo por pertenecer a ese mismo estrato social, o incluso a ese mismo grupo étnico.

Madeinusa era una chica ilusionada por viajar a Lima, Fausta pugna todo el tiempo por regresar al pueblo. Pero a ninguna la mueve precisamente el arribismo, o algún ánimo de superioridad, aunque sus gestos y desaires lo dejen entrevisto en algún momento. Esa secreta disconformidad con su realidad fabulada o incluso trastocada por las pinceladas de su autora es vista con mayor detalle en los momentos en los que los silencios o el canto se suceden en espacios cerrados, extraños, como cargados de esa melancolía y desesperación casi siempre sumidos de forma estoica por la heroína. Los momentos en los que los detalles bizarros o alucinados surgen son solo como tranquilos corolarios de esa elegía.

Interesante es por ello el valiente acercamiento anti convencional que la película propone alrededor de las secuelas del trauma de la época del terrorismo. Ese signo de dolor y proceso de redención están expresados en los hermosos instantes en los que la protagonista se abstrae de su mundo para abstraerse en el recuerdo de tierras y tiempos indesligables a su proceso de crecimiento, a esa particular herencia (o leche) materna que dicen mucho más que cualquier posible flashback, o los menos afortunados momentos en los que interactúa con el personaje del jardinero, escenas donde surge un lado discursivo que redunda sobre lo antes ya visto u oído.

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El fuerte de Llosa se encuentra en la composición del encuadre y el seguimiento intuitivo a sus criaturas antes que en los diálogos. Y en ello a sabido extraer de Magaly Solier todas las virtudes de una actriz que siendo bastante joven, sabe cargar con el compromiso y la idea de ese difícil personaje. Cada plano cercano y general capta sus andares y gestos extraviados en ese transito que va de la casa de clase alta a su mundo festivo y “chicha” donde la existencia ajena a la ciudad tan próxima no es motivo ninguno para una mirada miserabilista, sino para la rutina celebratoria de los matrimonios al aire libre. Esa apuesta por un acercamiento menos convencional a la “cotidianeidad” es probablemente el mayor aporte de la obra de Llosa al escaso cine de autor en esta parte del horizonte fílmico.

Es muy probable que, tras dos películas prometedoras, podamos hablar de Llosa como la mejor cineasta peruana. Y esto dicho a despecho de obras anteriores que por circunstancias diversas terminaron abruptamente su ciclo, o declinaron creativamente en estos últimos años. Lo apasionante de su caso, y el de otros anunciados talentos de la última generación, es que tal vez cuenta con más referencias y menos tiesura que la de los pioneros. Por supuesto que hablamos de circunstancias y experiencias distintas, pero incluso bajo esa condición es la primera vez que podemos decir que con todos los obstáculos de siempre, el cine peruano parece encontrar la vía de la continuidad y la diversificación. Tal vez ese sea al camino para la verdadera integración cultural de la nación y la integración en ella del mundo del cine. Las discusiones que viene despertando La teta asustada son el síntoma de ese convulsivo proceso que hay que ver con más optimismo de lo que aparenta. La propia Fausta y el final de su penitencia “tubercular”, se convertirán simbólicamente en la representación de ese fenómeno de estos días.

La teta asustada (2009)

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