No son muchos los momentos en los cuales he podido repasar algo de jazz últimamente, pero las pocas veces que lo he hecho, ha sido para volver a este disco que, los que me conocen bien no se sorprenderían en saber, se ha convertido en una de mis obsesiones desde que lo descubrí hace tampoco mucho tiempo. Al hablar de cierto estilo de jazz como el de este trabajo, disculparan si algunos se sienten desconcertados, para mí no es difícil imaginar una analogía con manifestaciones tan distintas como el metal, en el sentido de lo oportuno que resulta llegar a ellos con alguna preparación, no solo tras la habitual escucha de hits sino después incluso de haber experimentado variaciones a aquello que podemos llamar el lugar común de nuestros gustos.

Out ot Lunch! no es el disco que recomendaría para iniciarse en esos casi siempre descuadrantes sonidos, dicho ese aunque lo considere cuando menos entre los diez mejores del género, que haya escuchado hasta ahora. ¿No recomendar uno de tus favoritos? Sé que suena bastante esquizofrénico, más que posero, pero retomando un poco esas contradictorias motivaciones creo que es algo bastante coherente como cualquier fantasía que se desprende al hacer tour por los terrenos en los que se movió Eric Dolphy, uno de los héroes más insólitos y menos difundidos de la era de Coltrane y Davis. Como compañero en bandas y proyectos célebres, Dolphy realizó en la última etapa de su breve existencia, una serie de discos impecables y anómalos, si es que cabía, dentro de lo que conoce como el avant-garde jazz. Pero ninguno tan súbito, difícil, o inasible como este disco tan fronterizo y lejano a cualquier complacencia.

Para los que hayan escuchado todo o algo de lo previo que hizo Dolphy antes de Out to Lunch! sabrán el descomunal paso que significó respecto a su producción previa, incluso en la que ya figuraba como líder de su propia banda a partir de 1960. Esta locura, lo último que llegó a grabar puesto que solo meses después moriría en medio de una gira por Europa en circunstancias dudosas, pone a prueba a cualquiera, pero llegando a alguna parte del camino se la puede apreciar en toda envergadura. Ese consumado intérprete de instrumentos de viento clásicos se luce como un creador bastante adelantado incluso a muchos otros que comenzarían a jugar con el apenas rastreable orden de ese caos introspectivo a fines de la convulsionada década de Kennedy.

De hecho la leyenda, bastante restringida, de Dolphy en el mundo del jazz se encuentra asociada sobre todo a la consumación de todas sus ambiciones artísticas en los cinco cortes que confirman este testamento extravagante. A lo largo de todos ellos ya no escuchamos los instrumentos en sus habituales conversaciones, sus coqueteos, o discusiones. A mi dejan la sensación de que lo que hacen es más bien pintar una escena completa, no paisajes sino más bien momentos que se pueden extraer de la crónica bohemia que tan mal para bien se asocia a la historia de los especialistas de estos ritmos. No solo tratan de representar rondas de medianoche, puesto que también me sugieren la entrada a esos espectáculos que solían darnos miedo de niños, a los escenarios de una irónica sitcom de la época protagonizada por algún militar y un indesligable compañero de departamento que suele regresar pasado de copas cuando aclara el día.

Esa cualidad descriptiva dentro de esas humaredas, que nunca se definen como cómicas, trágicas, o ácidas, es lo que cada vez afirma mi fascinación por el sonido de Dolphy, o mejor dicho por los sonidos de de esa salida para almorzar. Es como una broma hecha al ansioso cliente que llegará y no te encontrará, el se quedará impávido hasta lo risible como imaginas, pero no estarás ahí tampoco para verlo y disfrutarlo. Algo de ello me deja la ilusión de poder agarrar algo del indescifrable mundo de Eric.

Something Sweet, Something Tender

Gazzelloni

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