James Cameron ha sabido ganarse el respeto de los entendidos y del público gracias a mega proyectos tan disímiles pero a la vez atractivos visualmente, que sin lugar a dudas se ha convertido en el cineasta que es hoy, siempre apoyado por la tecnología de punta que, cada cierto tiempo, impone para sorpresa y beneplácito de muchos (llámese corporaciones de tecnológicas digital).

No por nada su última criatura es la película más taquillera en la historia del cine, Avatar, desplazando a su anterior producto: Titanic, gracias nuevamente a los efectos visuales que adornan una historia ya contada hasta la saciedad, pero maquillada muy bien para aquellos que les gusta las emociones y las historias de amor y esperanza, salpicadas de humanismo y antibelicismo. Cínico, a decir verdad.

Cínico porque en las más de dos horas y media del metraje no deja de enarbolar la causa de proteccionismo hacia los débiles, la ecología y el espíritu místico -que muchos países tercermundistas se sentirían identificados- en contra de la supremacía militar y las ansias expansionistas del capitalismo bárbaro y deshumanizado. Claro. Es fácil entretener poniendo colores brillantes y una naturaleza creada por los monstruos de la computación, que más de un país de primer mundo se reiría a carcajada limpia. No se necesita la 3D para decirnos que estamos equivocados y que debemos respetar a nuestros semejantes, los pobres indios salvajes que viven en el oscurantismo pagano, repletos de tradiciones y elegías que están bien representados en la ceremonia para salvarle la vida a Grace (Sigourney Weaver); pero tenía que morir para explicar que no siempre los dioses pueden hacer milagros y que, por esos designios extraños de éstos, el espíritu se fusiona con la “madre naturaleza” (Eywa).

Pues bien, debemos darle la ventaja a Cameron por mostrarnos este universo tan detallado y hasta excesivo para desviarnos un poco la atención del argumento. Y es que Cameron es un mal guionista; al menos, un pésimo contador de historias. ¿Por qué? Si la película fuera con gente de carne y hueso y escenarios naturales, yo creo que no tendría el éxito que ha tenido hasta el momento. Cameron protege esa debilidad con los efectos computarizados, una verdadera exacerbación de su megalomanía por expandir sus horizontes financieros. Si diez años bastaron para poner a rodar las cámaras, esperemos otros diez a ver qué cosa “nueva” nos trae. Por eso es uno de los favoritos de la Academia cuando entrega premios a quien se esfuerza por mantener viva la industria que gobierna hoy en día en nuestra cartelera.

Un poco de todo

La película en sí en una mezcla de películas e historias recicladas con un poco de política internacional y relaciones públicas. Hace, naturalmente, una alegoría a Iraq en las escenas de invasión y el desmembramiento de un país que subsiste bajo sus tradiciones religiosas. Asimismo, nos remite a “Aliens”, del mismo Cameron (no por nada Sigourney Weaver es aquí una suerte de Ripley con ideas conservacionistas), donde un grupo de gente gubernamental debe ir a un planeta desconocido y recuperar a estos alienígenas para elaborar un millonario experimento en beneficio del país; lo que sucede en Avatar con el mineral unobtainium, con la ayuda del ejército para desocupar el área y dejar que los Na’vi se retiren pacíficamente -obviamente eso es un simple formalismo cuando en realidad, desde un principio, quieren entrar a la fuerza e imponer sus condiciones, representado por el Coronel Quaritch-.

También nos remite a una película de 1970, “Un hombre llamado caballo”, dirigida por Elliot Silverstein e interpretada por Richard Harris. En esta historia, un aristócrata inglés es capturado por una tribu india, que al principio le tratan como a un perro, pero con el tiempo se gana el respeto de los indios, hasta que tiene ocasión de demostrar su valor en una batalla contra unos enemigos. Entonces se convierte en jefe de la tribu. En Avatar ocurre algo similar.

Y, bueno, Avatar es eso, una “cowboyada” espacial que nos aproxima a George Lucas y su mundo Star Wars, con todos esos detalles en cuanto a critaturas, texturas, fondos de escenarios, donde podemos ver el ir y venir de los helicópteros a través de los ventanales y un largo etcétera. Y por supuesto, no podemos olvidar a “Terminator”; los helicópteros son los mismos que vemos al principio de la película y que en las otras entregas son evidentes.

¿Hay algo de original en Avatar? Solo los efectos especiales. La captura de imágenes de los mismos actores ha hecho posible crear a estos seres azules del planeta Pandora. A mi parecer, el avatar de Grace es más parecido a un gato que otra cosa. Quizá sea la próxima Chitara en la esperada Thundercats y nos quieren adelantar la sorpresa. Quién sabe.

Mucha gente sale contenta del cine, luego de la proyección. Es reconfortante saber que hay gente que aún cree en la magia del cine y su importancia para desprendernos de los problemas cotidianos que nos aquejan. Esa es la función que tiene el cine en nuestras vidas; tal vez, los John Ford o los Frank Capra, sean héroes ya olvidados; pero el mundo de hoy reconoce el esfuerzo de James Cameron por dejar en claro que sigue siendo el rey del mundo.

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