Hubo un tiempo en el que el cine de Terry Gilliam llegó a ser único en su especie en el mundo. Mucho antes de que los efectos especiales se prodigaran más allá de aventuras galácticas al milésimo calco, este loco supo convertirse en un precursor de las ensoñaciones fílmicas que bebían de una especial recolección de mitologías. Era como si las ficciones de Homero, y los hermanos Grimm hubieran pasado a fusionarse en la obra de un aspirante a sucesor de Orson Welles. Tales propósitos, ya lo sabemos, le terminaron costando más que solo dinero y stress, eso a pesar de que sus enseñanzas fueron reutilizadas por varios otros con resultados a veces más redituables o menos atractivos.

Por ello perecía que las contadas películas que le veíamos últimamente se encontraban lastradas por condiciones de trabajo en las que el autor se encontraba finalmente restringido para alzar vuelo más allá de lo decorativo, de la marca registrada “Gilliam” que es la única carta con la que cuenta para poder continuar como realizador. El proyecto de El imaginario mundo del doctor Parnassus ha sido en cambio uno de los pocos que trabajó con cierta libertad. Y enhorabuena que ello ocurra, no porque me parezca una cinta realmente apreciable, sino porque aclara mucho al respecto a la obra del ex Monty Python en estos tiempos en los que su signo y estilo ya no es tan novedoso como antes.

A pesar de sus momentos más llamativos, a los cuales me referiré en un momento, en Parnassus se percibe mucha repetición. No es que el esquema de la fábula épico-fantástica haya dejado de ser una vertiente atractiva (veremos lo que hace Burton con su versión de la Alicia de Lewis Carroll) pero es que Gilliam ha pasado de la frescura de sus inicios y el detallismo de su mayor momento creativo (los años ‘80), rumbo a un momento en que ha sido absorbido por lo cansino, por más de que se esfuerce bastante en crear una intriga acaso tan ingeniosa como la de Bandidos del tiempo o la de la pesadillesca Brazil, sin duda su mejor película.

Volvemos a encontrarnos con un personaje que vive en permanente huida de la realidad, la cual solo lo lleva a relacionarse con un mundo excéntrico, que esta vez está organizado detrás del personaje del título (Christopher Plummer tan deportivo como siempre), el cual a su vez lo arrastra hacia el sobrenatural plot en el que funge de una versión escapista de Fausto en eterna apuesta con un diablo hecho a la medida de los rincones bohemios (Tom Waits que debe tener el papel más consistente del show). Todo servido para que el director nos transporte a su propia versión de un cuento narrado en letras mayúsculas, y con una invitación para que atravesemos el espejo.

Pero a diferencia de los que sucedía con el Sam de Brazil, o incluso con los pequeños Kevin y Sally de Tiempo de bandidos y Las aventuras del Barón Munchausen respectivamente, las peripecias de Tony con esta troupé se desarrollan en episodios enlazados de forma postiza, sin otorgarle una unidad a lo que sucede delante y detrás del escenario y el mundo lógico. Eso crea un enorme desbalance entre las secuencias protagonizadas por Heath Ledger, en su último papel, y las que nos revelan a Tony en otros universos y con los anunciados cambios de rostro sucesivos que tiene: Depp, Law, y Farrell. Ni siquiera en ese detalle antológico y surgido de la necesidad tras la muerte del actor, podemos encontrar algo que sujete mejor ambos planos de la trama.

Al final eso no debería extrañarnos puesto que delata mucho de lo que debe sentir el propio Terry viéndose obligado a pisar tierra frecuentemente, cuando lo que él quiere es sumergirse en esa galaxia de apariencias bizarras para dar rienda suelta a sus barrocos virtuosismos. Tal vez solo por ese ánimo vale la pena destacar las secuencias con esos tres galanes de repuesto, ayudando al doctor Parnassus-Gilliam a seguir en la jugada y procurar que incluso el climax no carezca de cierta tensión. Gracias a ello no estamos hablando de una película fallida, pero eso sí, el habitualmente entusiasta Terry no parece ya prometer nada.

The Imaginarium of Doctor Parnassus (2009)

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