Recordando a Tony Curtis (1925 – 2010)

La leyenda suele asociar su rostro al del romántico y sofisticado galán de los años ’60 en Hollywood, pero Tony Curtis fue más que eso. Fue un actor notable y probablemente de los que menos hicieron ostentación de su especial versatilidad. Fue estrella de comedias tanto aireadas o frívolas, como de sexualidad bastante elevada, pero también de dramas extraños y películas de aventuras al lado de reyes del despliegue físico como Kirk Douglas o Burt Lancaster.

A los 85 años de edad Curtis ha fallecido y deja tras de sí una carrera diversa a lo largo de décadas, las últimas de las cuales las dedicó con más entusiasmo a la pintura. Tal vez el último papel de su carrera que se puede recordar con curiosidad fue el del, nunca mentado como tal, senador Joseph McCarthy, en la extraña (como caso todo lo de su director), Insignificance de Nicolas Roeg

Pero volvamos atrás, cuando comenzó haciendo sus primeras apariciones en clásicos como Criss Cross, bailando un momento con Yvonne de Carlo, la provocadora que termina llevando a la perdición a Lancaster, ese otro gran intérprete con el que Curtis se encontraría en La maldita mentira (Sweet Smell of Success), film noir en el que ambos se ponen a prueba en roles difíciles en el competitivo mundo de la prensa y el espectáculo más inescrupuloso. Esta fue la película que me terminó de convencer de su talento.

Puntos altos de su filmografía también son Una Eva y dos adanes (Some Like it Hot), la comedia por excelencia sobre las confusiones sexuales en la que ni vestido de mujer podía dejar de imponerse sobre el siempre candoroso nerviosismo de Jack Lemmon; la archimentada Espartaco de Stanley Kubrick, que gana bastante con su rescatada escena de baño con Laurence Olivier; o Los vikingos, tal vez la mejor cinta de aventuras de Richard Fleischer, director con el que se reuniría en plena era de las convulsiones contraculturales para dar forma a uno de los más insidiosos manifiestos de aquél paranoico contexto: El extrangulador de Boston.