El peleador (2010)


En una escena de Toro salvaje, una de las películas que más rápidamente vuelven a la memoria cinéfila cuando se habla de box, Jake La Motta le dice a su hermanito Joey, “tal vez estoy pagando mis pecados”. Esa percepción mística añadida a la proverbial aura del perdedor que recorre los relatos sobre el ring y sus set-ups, fue uno de los mayores logros de esa película que terminaría convirtiéndose en otra de las influencias de esta vertiente de los relatos desencantados sobre el deporte y los negocios. Un poco de ello y de otras más es lo que recoge el director David O.Russell en El peleador, que no es tanto una película trágica sobre los fantasmas del fracaso, aunque sus protagonistas si tengan la catadura de esos inconformistas secretos o arrebatados de veces anteriores.

Como en la de Scorsese, en la cinta de Russell se encuentran dos hermanos en el centro de las acciones y que también son sacados de la vida real. Pero la historia fílmica de Micky Ward y Dicky Eklund los muestra separados por tantos aspectos en sus vidas como los que los unen. Dicky vuela con aparente despreocupación sobre el paso del tiempo y la oportunidad del título mundial perdida años atrás, mientras que Micky es el púgil joven que va aprendiendo de la experiencia y de las caídas de su hermano. Alrededor de ellos se teje una relación igual de ambivalente con el resto de su amplia familia encabezada por la figura dominante de la madre y manager (Melissa Leo), relación que se trastoca con la aparición de otra figura fuerte en escena, Charlene, el interés amoroso de Ward (Amy Adams). A partir de este contexto el director Russell y su equipo de guionista trabajan con múltiples influencias u homenajes sin necesidad de remarcarlas, más bien condicionándolas a una puesta en escena asimilada sin evidentes pretensiones dentro del drama familiar.

El luchador es un relato elaborado con gran eficiencia en ese punto intermedio entre lo funcional y sus citas. No solo scorsesianas como las que se ven en ese ámbito familiar o comunidad toda, convertidos en contextos opresivos ante la cual los dos hermanos reaccionan de formas diversas. También compone a esa idea medular un bien desmenuzado retrato social, tomando la apariencia de una versión extendida de algún documental o reportaje sobre las anécdotas diversas que hacen el recorrido ascendente de un champ. Líneas que se unen atractivamente en la ágil secuencia de apertura que además define el ritmo de la película, con los hermanos paseando y saludando a todo el vecindario de Lowell que es presentado como alusión a la Philadelphia de Rocky y también al Detroit de 8 Mile, plagado de ilusiones, desempleados y oteando a los adictos al crack. Sueños de triunfo, pero alienados por la evasión y los miedos de la derrota personal. Los que aguanta estoicamente Micky, interpretado con sobriedad por Mark Wahlberg, y de los que hace histrionismo un Christian Bale notable en el papel del díscolo Dicky.

Russell anteriormente director de películas sin demasiado que demostrar para salir del grueso de realizadores provenientes del cine independiente, trabaja con solvencia una historia de la que es difícil no caer en las sentencias aleccionadoras o las conmiseraciones. Con mayor vuelo de lo habitual se dedica a narrarlo todo sin juzgar, siguiendo a los luchadores, sus amores y combates con una atención que a veces consigue romper el academicismo al uso en biopics de este tipo. Por ello es que siendo un tipo de relato de superación que ya hemos visto mil veces, se las arregla para ser incluso cautivante, sin esperar que las emociones queden supeditadas a un desenlace contra las cuerdas que finalmente se tiene que dar. La lucha en cuestión es más importante en los fueros privados, con los personajes reprochándose y confesándose todo tipo de cosas frente a frente, que en los pormenores de esa historia oficial resumida en los récords del boxeador en las transmisiones.

En otros casos pasaría como un modesto logro, pero lo que consigue Russell con esta película, y pasando por todos los estereotipos del cine de personajes más estandarizado que se puede encontrar en Hollywood, es digno de elogiarse. El peleador se sitúa entre el romanticismo y el desengaño, entre la acechante demagogia y la amabilidad, entre un retrato duro sobre la calle y el hogar pero también entre las complejas relaciones humanas y la calidez y lealtades en las que se sostienen. Sin demasiados alardes y en buena ley, la película de los hermanos peleadores termina tomando incluso la forma de una versión entrañable de esos candorosos juegos de niños, con abrazos, puñetes y fricciones sin que se distinga uno del otro. Punto esencial de cómo ve su película, que el director apuntala al principio y al final, cuando ya no se sabe si ese reportaje dentro de la trama sigue siendo cuestionador o absolutamente comprometido con estos fajadores. A veces ese punto medio es la mejor opción.

The Fighter

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