James Blake (2011)
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El nombre de James Blake es el único que aparece ya anticipadamente en las apuestas por las nominaciones a los próximos Mercury Prize que se darán a conocer dentro de unos meses. Este recién entrado veinteañero ha acaparado la representación de una vuelta de tuerca que no debería haber resultado tan sorpresiva, incluso para los propios británicos que en estos años han premiado al dubstep con una secta de seguidores y una escena propia cada vez más amplia, quizá recogiendo como bien se dice por ahí los ecos del impacto que tuvo el trip-hop en su momento de expansión a comienzos de los años noventa.

El dogma experimental o lúdico de esta vertiente musical estaba presente en los primeros tanteos de Blake (sencillos que se diseminaron causando gran expectativa), pero desde ahí se insinuaba mucho de lo que ahora se deja escuchar en su primer larga duración. Su estilo para enfrentar el dubstep sigue siendo presuntuoso aunque no cerrado. Con menos reservas que otros cultores de esta versión ensimismada de la electrónica, el chico sensación no evade sus filias de menor élite y se lanza a indagar más con sensibilidad que de forma muy cerebral en referencias más tradicionales, de esas cuando no había computadoras en la casa. Tiempos que solo le quedaba imaginar, aunque ayuda debe haber tenido de su padre, John Litherland, un recorrido guitarrista que pasó desde lo progresivo hasta el soft rock.

A unas cuantas escuchas, el disco homónimo de James Blake atrapa por su personal atención a lo melódico pero también se puede entender a la vez gran parte de las suspicacias que ha generado. Antes que el minimalismo ambiental, samplers, y drum machines den forma a sus composiciones, las cabeza y visibles estrellas de cada una de ellas son otros elementos casi quiméricos de la fórmula postmoderna. Uno es el uso del piano, que saca de la abstracción al conjunto para darle inusitada ritualidad, al punto que algunos de sus mejores momentos llegan a ser actos de cargado de atmósferas sensuales que bien podrían sonarles a herejía a muchos como sucede en el interesante cover de Feist Limit it Your Love, o los aires de cabaret con los que arrancan Give me My Mouth y Why Don’t You Call Me.
En esta última es donde de forma más espectacular, Blake intenta dejar sus intenciones tan claras como su voz, solo apelando a la distorsión cuando la comunión de entre lo acústico y lo electrónico llega a un punto en el que las costuras no son tan evidentes. Desde un punto de vista hasta paranoico como el de los fanáticos puristas podría definirse a Blake como un oportunista, como el excéntrico y prometedor talento que se desvía con maña hacia la apertura de un subgénero hermético por tendencia hasta ahora. El propio músico tendrá que dar la respuesta completa en el siguiente paso, pero por ahora solo se limita a trabajar conceptos que en realidad son solamente típicos de su tiempo. Ese en el que el futurismo repite nuevamente la sentencia de la mirada hacia atrás. Blake se asume sin aspavientos como parte de ese proceso y de ahí es de donde nace la honestidad de su planteamiento. Sin ser del todo logrado este debut puede marcar el inicio de algo más que solo acrobacias en el show de los 15 minutos.





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