Recuerdos de Elizabeth Taylor (1932 – 2011)
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Con 79 años de edad, una larga vida reseñada en artículos de farándula, paseos por declives emocionales y una carrera tan irregular como apasionante, Elizabeth Taylor se convirtió en otra de las pocas sobrevivientes figuras del Hollywood clásico que se despide para que nosotros emprendamos el evidente pero tentador recuento de su trayecto que pasó de amiguita de Lassie a la novia que atestiguaba las crisis de Spencer Tracy (El padre de la novia) y Montgomery Clift en Un lugar en el sol (también conocida como Ambiciones que matan), y como no a la presencia de madurez que turbaba en todos sentidos en The Sandpiper, o en las irregulares pero famosas Cleopatra y Una mujer marcada (BUtterfield 8, por la que ganó el primero de sus dos Oscar). Los que siguen son los momentos que más me encantaron de su filmografía.

Jane Eyre (1944): Muy joven Liz apareció en esta muy buena adaptación de Brontë protagonizada por Joan Fontaine y Orson Welles. Los papeles de niña en películas simpáticas contrastaban con esa súbita aparición como Helen, la amiga de la escuela de caridad. Sus breves minutos y sus conversaciones secretas en la cama son de lo más entrañable que le haya visto.
La última vez que vi París (1954): No se cuenta entre las mejores películas que protagonizo Taylor pero guardo especial recuerdo de este melodrama de Richard Brooks, primero porque es ejemplar de ese tipo de modalidad en el género que inundó tanto el technicolor como las historias épicas. Por más que ello que la actriz luce como la estrella absoluta. Buen cine cargado de ese toque nostálgico a lo F.Scott Fitzgerald, que fue una de las tantas modalidades en las que se la vio.
De repente en el verano (1959): Previamente a esta película del genial Joseph L. Mankiewicz, Liz apareció en La gata sobre el tejado caliente, otra gran adaptación de los retratos crudos y sociales de Tennessee Williams. Sin embargo esta otra es inigualable, puesto que las dimensiones que alcanza la convierten en un drama psicológico no solo difícil sino atípico. Este es uno de los papeles cumbre de Taylor, aunque lamentablemente sepultado en medio de los escandaletes que caracterizaron esta época posterior a su viudez del productor Mike Todd y sus sucesión compulsiva de amoríos y matrimonios con Eddie Fisher y Richard Burton a la cabeza. Visto de esa forma este relato sobre quiebres emocionales y tabúes gana mucho como representación de esa estancia vital de la actriz, en duelo dramático formidable con Katherine Hepburn y Monty Clift.
Reflejos en un ojo dorado (1967): No menos extraordinaria es esta obra de John Huston, extraña como sus otros picos creativos. Reunidos en la madurez aparecen Taylor y Marlon Brando, que a fines de los sesentas probaban la decadencia de sus estrellatos, componente que le va como anillo al dedo a esta intrigante fábula sobre las represiones en el conservador ambiente castrense y sureño para remate. Las cosas no dan para moralejas simplonas sino para un significado mucho más revulsivo y aterrador, filmado por el gran John en saturados tonos áureos que no se pudieron apreciar en toda su magnitud hasta años recientes. Inolvidable película y quizá la que mejor da condensa la sombra de la leyenda de Liz y también de sus excesos.





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