Cantinflas, sus cien años como pillo y santo
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Mitos y fanatismos siempre se superpusieron como múltiples capas sobre a las estrellas de antaño, cuando la libertad de internet y las cámaras de alta resolución todavía no les quitaban ese componente divino detectando cada arruga o un gesto lascivo o antiestético. Pero la forma en que esa humanización se ha manifestado en la corte de los comediantes, y en particular en la de los de América latina, ha ido muchas veces a contracorriente. La conmemoración de los cien años del nacimiento de Cantinflas el pasado mes de agosto es un muy buen motivo para dar cuenta de ello a partir del repaso a su divergente carrera.

El mismo Mario Moreno Reyes parecía jugar entre broma y broma con su propia historia, cuando ya no era ese aspirante a rey del humor de carpa sino el famoso y millonario artífice e intérprete de “el pelado”, ese personaje consagrado como respuesta bien latina de los tramps de otras cinematografías. Pero para cuando el propio comediante pudo ufanarse de su éxito, y citar sin demasiados disimulos las dificultades de una vida familiar que lo llevaron tentar e inventar una carrera en el entretenimiento de sectores populosos en el DF de los años ’30s, ya esta instalado en la comodidad de seguir explotando aquella marca que se puede rastrear como genuina más bien en solo algunos momentos de sus primeros años de ascenso.
Fue precedido por su popularidad en el escenario, y por sus característicos discursos del sin sentido, que Mario Moreno fue convocado para llevar a su personaje y sus ocurrencias con sazonador de películas de corte más bien melodrámatico o agridulce como No te engañes corazón (1936) y sobre todo ¡Así es mi tierra! (1937). Esta última, una de esas exaltaciones patrióticas y sentimentales tan características del cine mexicano, es en la que aparece el jovencísimo Cantinflas generando momentos de jocosa confusión bajo el alias de Tejón y transportado hasta los días de “la bola”, en plena revolución mexicana.
Eran inicios inciertos pero en los que ahora se puede apreciar ese talento en potencia dentro aún dentro del corset, tan latinoamericano dicho se de paso, del estilo teatral dominante en las actuaciones. Con ese aire de personaje escapado de una de esas farsas de vivarachos de barrio bravo es que también están articuladas sus apariciones en el desconcertante thriller El signo de la muerte (1939), y en esa primera película a servicio de su “mitología” que fue Águila o sol (1937). Ambas al lado de su compinche de años, Manuel Medel, en una especie de intento por hacer pervivir al dúo teatral en ese nuevo medio que solo llegaría tener espacio para uno de ellos.

Casi todas ellas eran películas con hallazgos contados o escasos en las que se puede ver al actor aún en estado crudo, o si se quiere en al versión más vulgar de su alter ego. Pero el verdadero momento del Cantinflas icónico no tardaría de llegar, aunque solo de pasada, en algunos instantes de su carrera en los años ’40. Es recordable la serie cortometrajes que protagonizó a poco de entrar en esta década, tal vez en un intento por probar si este formato le era más conveniente en un rol estelar. Y de hecho lo fue a pesar del humor harto naif de Siempre listo en las tinieblas o Jengibre contra dinamita.
Sin embargo, ya existen pocas discusiones acerca de que la mejor aparición del pelado fue en la ahora antológica Ahí está el detalle (1940), su filme más reilón, articulado, y por decirlo así el más influyente. Ahí surge el verdadero detalle de un Cantinflas encausado por un guión agudo y malicioso, rozando más cerca que nunca la trascendencia de los más célebres cómicos del cine norteamericano o europeo, y la idea universal de su ingreso al mundo más sofisticado (en este caso el del rey de la comedia costumbrista, Joaquín Pardavé) para hacer de este el patio de sus juegos y sus escarnios. Las columnas de la construcción teatral aún dominan esa película dirigida por Juan Bustillo Oro, pero sobre ellas se asienta una de las joyas del cine mexicano de la época.
A partir de ese momento la carrera de Mario y su vagabundo adquiere vuelo. Pasa a ser un total héroe del género con películas en las que su personaje experto en el “recurseo” se ve envuelto en plot que buscan emular la comedia de situaciones gringa de forma más ambiciosa, adaptándola a las calles de la capital mexicana o de esa periferia de donde salió con el trapo de bolero al hombro al que llamaba gabardina. A pesar de ello, empieza a hacerse notoria también una tendencia al conformismo que no haría más que acentuarse en los siguientes años. Esto referido no solo a la repetición del molde de Ahí está el detalle, sino a esa progresiva tendencia que tuvo Cantinflas por ir tomando distancia del humor arrabalero o de ética dudosa, en pos de una aceptación de valores o supuesta bondad que convirtiera sus películas (por intermedio del director de turno) no solo en diversión sino también en fábula incluso moral. Intención con la que terminó cayendo en la nulidad más absoluta en la medida que su popularidad y sus ingresos iban en aumento.

El mejor Cantinflas es apenas rastreable en instantes de algunas de esas películas suyas con las que cerró su consagración definitiva de cara al público: la farsa de las identidades cambias en Ni sangre ni arena (1941); de la culpabilidad enredada por las circunstancias y su labia en Un día con el diablo (1945) y Soy un prófugo (1946); o su parodia de las pelis de héroes y villanos campechanos al estilo de El Siete Machos (1950).
Desde ese momento todo estaría marcado por lo bien intencionado y por las reiteraciones. El pelado ya era un hombre de edad mediana que dejaba de pelarse máquinas de escribir o meterse en líos con la justicia en pos de ganarse la vida como deseado un integrante de la clase media, como peluquero, fotógrafo, sastre o limpiaventanas o lustrabotas (El bolero de Raquel es tal vez su despedida definitiva de sabor de sus inicios), que siempre era buena onda y nunca se propasaba con las damas. Sus discursos eran igual de aberrantes y nunca faltaban las enredos y las persecuciones, pero es notorio que en todas esas películas no existe la frescura que hacía que hasta la chacota más gruesa tuviera sentido en sus correrías.
Aún así, y a pesar de los fanatismos que conservaba, el peor Cantinflas es que parte de los ’60 y cierra con El barrendero en 1981. Es el de la estrella con el cabello cada vez más cano, que intentando darse más importancia, se entrega a una colección de películas en las que posa de redentor, tratando de salvar a la humanidad con mensajes a la conciencia o en el mejor de los casos poniendo los proyectos en los que participaba al servicio de una comedia buena onda ajena a su ya perdida vocación por el caos. Ahí Cantinflas fue abnegado doctor, boticatorio, sacerdote, profesor, abogado y diplomático. Dando discursos ante los potentados indolentes o ante las Naciones Unidas, bajo el disfraz de algún algún personaje de Frank Capra o King Vidor.
Artificialidad que irónicamente también llegó a rondar con lo ramplón cerca a su despedida definitiva de las pantallas. Porque tal vez como cuando se metió en la piel de Paspartout, en la intrascendente versión hollywoodense de La vuelta al mundo en ochenta días de 1956, el auténtico Cantinflas ya se había ido volando en globo, en busca de una meta única que desembocó en una errancia de la que nunca más pudo escapar. Al santo no le fue tan bien como al pillo que solo necesitaba darse una vuelta por la manzana para dejarnos saber muy bien quien era.




