El debut de la banda de Seattle en Perú coincide con la gira por su vigésimo aniversario. Para quienes sean sus seguidores más fieles o para quienes hayan visto el reciente documental celebratorio de Cameron Crowe, no habrán dudas de que la historia de Pearl Jam, incluso desde su caótico ensamblaje a principios de los años ’90s, es una de las más extraordinarias de la música contemporánea.
Amados por muchos, discutidos por otros tantos, incluso por ser más bien una especie rara dentro del núcleo del que salió, los PJ encierra en su trayectoria varios de los grandes pasos que la industria y el arte han recorrido en un tiempo tan lleno de referencias como el nuestro, en el que parece que ya no hay mucho de que sorprenderse. Mavericks o superestrellas, esta banda es ambas cosas a la vez y aquí solo comento brevemente un poco da cada una de sus criaturas. Quedará pendiente volver de forma algo más detallada sobre cada una de ellas.
Ten (1991)
Hace algún tiempo ya escribí sobre el que fuera el apoteósico y también urgido disco debut de la banda. La historia iniciada en los ’80s con Green River y continuada brevemente con Mother Love Bone es harto conocida. Solo quedaría añadir que en disco entero es exuda la desesperación tanto como el bullente talento producto de esa especie de colisión de Jeff y Stone, provenientes de la vertiente más militante del ya definido grunge, con Eddie y Mike, estos últimos que terminaron por definir el estilo más bien expansivo y a veces variado que lucirían. Eso ya se deja oír en la galería sonora de joyas como Even Flow, Alive, Porch, Black, Garden, o Release. Nada mejor si consideramos incluso que se trata de su trabajo más rotado en radio hasta ahora.
Jeremy
Vs. (1993)
En el año más álgido de las guerras internas de las bandas alternativas, Peral Jam intentó sumergirse en la intransigencia de sus pares. Entre Dirt de Alice in Chains y el In Utero de Nirvana, Vs. es el disco más pretendidamente oscuro del grupo. Pero como si su título también hiciera aclaraciones, es un disco que revela conflicto. Entre la furia cruda y la accesibilidad, el disco trabaja de forma más contrastada ambas tendencias. Escuchas acá riffs duros y alaridos como en Animal y Glorified G, pero también himnos de estadio que rozan el pop como Daughter. En ese combate tenemos otros picos del repertorio de PJ pero también valles y dudas. Aún así la impronta de la banda sigue intacta.
Daughter
Vitalogy (1994)
Vs. dejaba en claro que Vedder y los demás Jam estaban dispuesto a jugarse todo lo gano, incluso la comodidad del estrellato. En el simbólico año final de la ola grunge, la banda acometió dos de sus mayores osadías. La primera fue iniciar su larga querella con Ticketmaster por los precios de las entradas. La segunda fue la presentación Vitalogy, el disco más extravagante y depurado que hubieran creado hasta ese momento. Aparenta ser el buscado canal de acceso para el velado eclecticismo de sus líderes creativos, una especie de imposible disco blanco (¿habría sido casual la portada de toques añejos?) como el canto del cisne de la música alternativa emitida por las radios especializadas en one hit wonders. Ruptura, experimentación, pero un sentido único para hacer de ello una extraña comunión con el rock más tradicional, emocionante. Tan epifánico como en sus instantes más sentimentales.
Corduroy
No Code (1996)
Insertados en la trinchera de los rebeldes, el cuarto disco de la banda es muy revelador. Acá no solo fracturan la posibilidad de una digerible escucha para la mayoría de sus seguidores, sino que apelan a un rango mayor de posibilidades. La rabia cede, pero ante un supuesto ingreso a una incierta madurez que desemboca a su vez en otro instante crítico. Temática espiritual, más arraigada en los sonidos más cercanos que nunca al padrino Neil Young. Rockfolk, abstracción, quizá hasta enigmas. El rompecabezas sin código es un deliberado intento por desconcertar desde todos los frentes y consigue grandezas aunque resulte irregular a veces. Esa actitud es lo que lo conserva entre lo esencial de la banda.
Hail, Hail
Yield (1998)
En vista de sus trabajos previos, podría decirse que Yield es notoriamente inferior al resto. Y no es porque dejen de parecer ellos mismos o que sus canciones no tengan el brío perseguido desde siempre. Es solo que el aroma de lo repetido los alcanza por primera vez de la mano con cierto hastío que parecían experimentar en medio de sus ya avinagrados pero vigentes pleitos con la industria y con las tendencias cambiantes y devoradoras. Solo es bajo esa actitud que la fórmula, de la cual solían despegarse sin sobresaltos, resulte lejana a la frescura y a esas reinvenciones de apariencia tenue con las que sobrevivieron a los demás grandes de Seattle. Hay momento muy buenos como los de Given to Fly o Do the Evolution, pero aquí si se siente a la banda más entrampada que en las vacilaciones de la era Vs.
Do the Evolution
Binaural (2000)
Entrando a los ’2000s PJ parecía ya dar su decisión final ante las dos fuerzas que lo jaloneaban desde el principio. Binaural los muestra recuperando en algo la marcha optan por una faceta mucho más clásica, quizá carente de muchas de sus virtudes, pero que a todas luces los mostraba como sobrevivientes en una lid ganada con las justas. Hay rock, si, pero esta vez mucho más aireado y accesible. Ya no hay tanto de Young como si algunas deudas con Springsteen, a ratos (como en Light Years) se acercan al pop como nunca antes. Pero aun con su categoría de disco menor, se puede seguir distinguiendo aquí la identidad del quinteto, aún en la soledad y la extrañeza que ya a estas alturas son alusiones más que sutiles.
Light Years
Riot Act (2002)
Un paso más como banda más articulada que como brillante generadora de una especie nueva, así suena Riot Act, su disco más rockero y solvente en buen tiempo. Sino surgen la prisa, la expiación juvenil, cuando menos si reaparece la curiosidad. Ya totalmente integrado Matt Cameron para llenar el volátil papel de baterista, y con Eddie dejando brevemente atrás la melena, Pearl Jam se asienta en las rutas de la música que los inspiró, pero con solvencia. Riot Act es un disco de remembranza pero no de sobresaltos. Una demostración de que se puede convivir con el resto sin tener que renunciar a su autofidelidad.
I Am Mine
Pearl Jam (2006)
Con más firmeza y experiencia, Pearl Jam da su primer bocanada de alivio con pretexto de llegar a sus quince años de existencia. Curiosamente el tema bandera de los singles salidos del popular “disco de la palta” versan sobre la guerra y el caos político de estos años. Pero este es un disco mucho más variado y cuajado que cuando se animaron por un videoclip apocalíptico, que acá es casi replicado en Life Wasted. De una forma más convencional, pero igual de emocionante que en Vitalogy o Ten, PJ se entrega a la proverbial alternancia de picos veloces y modulaciones introspectivas, tal vez hasta sentimentales como en la corta y bella Parachutes. En la actualidad el quinteto se sabe convertido en un mito viviente y lo asume con la regla de al eficacia por encima de todo. Este es el mejor ejemplo de ello hasta ahora.
World Wide Suicide
Backspacer (2009)
A estas alturas tal vez ya no tengamos más sorpresas de una de los monstruos sobre el escenario que existen en la música popular contemporánea. Backspacer no hace más que remarcarlo. Es una colección de canciones, a veces unas más consistentes que otras, en al que extrañamente vuelven a quedar marcados por su eterna tendencia por la diversidad dentro del omnipresente sonido americano. Eso que podría tildarse de oportunismo en otros ha sido en ellos solo la natural expresión de su categoría de banda de estadio. Con sus altos y bajos (o su tropiezo con una tendencia tan radical como la de la escena que los engendró) nunca han sido otra cosa. Bien por ellos, bien por nosotros.