George Harrison – All Things Must Pass

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En el momento que la separación de The Beatles se oficializó, los chicos de Liverpool llevaban buen rato con la urgencia de afirmar sus propias identidades en medio de conflictos internos y creativos aunque también externos y legales. Con esa postura, el año de despedida y afirmación que fue 1970 mostro a los cuatro ex compañeros dejándose ser pero no en el sentido más limpio que sugería la canción, sino disparando cada uno por su lado de una forma que no rehuía el sarcasmo, la neurosis, y los trances más confesionales de sus carreras. De todos ellas la catarsis de George Harrison acabó siendo la más reveladora.

Este fin de semana se cumplieron cuarenta años desde que el guitarrista y más misterioso miembro del grupo lanzara el que sería, casi sin discusiones, su mejor disco como artista con nombre propio, y el que en lo personal considero el más logrado y armonioso que pudo haber creado un ex-beatle tras la clausura de la banda. All Thing Must Pass es un trabajo memorable desde diversos aspectos. El principal, y determinante para los demás, es que significó la completa consagración de quien fuera por varios años relegado en los créditos de The Beatles a pesar de haber sido instigador de más de uno de los cambios que tuvieron en sus discos capitales. Años en los que por cada canción que Lennon y McCartney le admitían en los tracklists, George tuvo que reservarse un puñado de otras más en su silencioso fragor creativo.

Por ello All Things Must Pass representa el instante en el que ese estallido cobró fuerza y osadía, expandiéndose en un ambicioso disco triple que presentó a todo el mundo una colección de tan buenas canciones como de un Harrison liderando por fin su línea musical en un proceso en el que se rodeó de colaboradores de lujo, desde toda la sofisticación que se trajo en producción Phil Spector, como las virtudes de composición y ejecución que tenían amigos no menos célebres como Eric Clapton y Bob Dylan. Con todos ellos apoyándolo, George se atrevió a narrarle a todos la crónica sus sueños de autor y hombre sentimental, con filias y convicciones tan o rotundas como las de sus ególatras ex compañeros, pero dueño de una paradójica serenidad a la hora de cantarnos que todas las cosas deben pasar.

Y es que al mismo tiempo este es el disco más cargado de ambigüedad y matices que llegaría a grabar el músico de rock & pop en los tiempos en los que su consolidación se vería absorbida e influenciada rotundamente por su pasión por las búsquedas espirituales y el pensamiento oriental que lo llevó a asociarse con actos como el de Ravi Shankar, con el que compartiría ese punto tan exitoso de su carrera meses después en su recordado Concierto por Bangladesh. Un suceso marcado por la extraña dualidad de la mirada introspectiva y la compulsión de un artista al borde de la madurez, cantando una alabanza religiosa y popular en la bellísima My Sweet Lord o ironizando sobre los todavía cercanos momentos en los que se traspasa el umbral del hastío hacia el de la añoranza como sucede en la arrebatadora Wah-Wah, seguida por la sobrecogedora “muralla” de sonidos y sugerencias de Isn’t It a Pity.

My Sweet Lord

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La gran acogida que obtuvo esta presentación total del autor Harrison no sería repetida por ningún otro trabajo en el que siguió siendo reverenciado por la leyenda colectiva de la que formó parte, y quién sabe si eso fue motivo para que tras el canto de liberación, el beatle tranquilo volviera a replegarse intermitentemente en su aire enigmático hasta el día de su muerte. Y tal vez por eso es que se sienta a este discazo como producto de un instante específico en el que el riesgo y la maestría estuvieron aliados casi sin imaginar las consecuencias, como el todo o nada que caracteriza los ímpetus juveniles.

Donde la única ruta clara fue dejarse llevar por todo aquello lo había llevado a coger una guitarra en primer lugar. El rock de la clásica What is Life, la atmosfera sinuosa, recóndita y sensual a la vez de las geniales I’d Have You Anytime o Beware the Darkness, y la memoria puesta en los sonidos campiranos de Apple Scruffs dan cuenta de ese trance en el que lo incierto adquirió proporciones exactas, felices, tan certeras que bien pueden dejar en aceptable lugar al recuerdo de la parte final poblada por sesiones de jammin’ que a cada escucha me suena como una reformación más de la hasta ese entonces escondida personalidad del entrañable George en ese momento crítico del que surgió esta joya.

Wah-Wah

All Things Must Pass