Thirst (2009)

Tanto como en la filmografía de los licántropos, la de los vampiros se suele sustentar en las reflexiones o encrucijadas morales. Para un director como Chan-wook Park que ha cimentado su fama sobre todo por esta temática, ya sea en incluso con tratamientos bastante variados y algunas vueltas de tuerca al género, dos películas decididamente fantásticas como I’m a Cyborg but That’s Ok y más recientemente Thirst, han sido pasos naturales en esa muchas veces difícil comunión entre la exuberancia mainstream y la autoral que practicó en su famosa trilogía de la venganza. Sin embargo, tras la lograda Oldboy, solo he podido rastrear algo de ese color en escasos momentos en el cine de este usualmente buen director.

Thirst no se exalta en la furia desencadenada hacia el otro, sino que se entrega al retrato de una oscura penitencia. El director coreano intenta narrar de forma cada vez más envolvente ese círculo del infierno que se va cerrando alrededor de Sang-hyun, el protagonista-experimento de cada una de las escenas tratadas, si bien en conjunto de forma algo más lineal, cada una con una ambición y gusto por el exotismo, un exacerbado lirismo, que a la larga hacen de este un relato sin duda extraño, en los límites de la representación de una comunidad en particular y de las perplejidades existenciales de un ser sobrenatural, de los que ha habido varios casos previos saltándose la valla de las convenciones de un cuento de horror, que nunca deja de serlo.

El sacerdote católico que interpreta el bastante versátil Song Kang-ho es en sí mismo la proyección de esas dislocadas filiaciones de Chan-wook Park que pueden remitir a las atmósferas embriagantes de Von Sternberg conjugadas a la inquietante cotidianidad del monstruo como en la formidable y antiestética Martin de George A. Romero. El carácter sacrílego del ser fantástico es revisitado como un golpe a tumbo de puertas, pero que paradójicamente se traduce bajo el filtro de los actos melindrosos y hasta sufrientes del personaje. Tal vez los propósitos del director con ese singular tratamiento de la historia y su héroe queden expuestos con claridad cuando la trama deriva a lo pasional, como una adaptación de la Teresa Raquin de Zola.

Esa idea de la tragedia naturalista trastocada por el vicio de lo irreal se convierte entonces en una suerte de cuerda floja de la cual el cineasta intenta sujetarse con lo que mejor sabe hacer: apelar al barroquismo, a su atinado sentido del espectáculo, operático las veces más afortunadas. Ese tránsito de aire casi sonambúlico hacia el malditismo propio de esta vertiente, logra ser trasmitido por Chan-wook Park al menos en la primera parte de la cinta. Las culpas de Sang-hyun, sus temores y crecientes rutinas hematofílicas, son resueltos con precisión de estilete. Actividades vividas con inseguridad, con tentación apenas controlada, en suma, con vergüenza y pudor. Algo que incluso no cambia ni cuando aparece Tae-ju (Kim Ok-bin), el otro personaje fuerte de la historia. Una contraparte que dispara la trama pero también gran parte de sus obviedades.

Porque más allá del juego de artificios, que logran sostener la introducción plena al universo conmovido del protagonista, Thirst pierde notoriamente el paso cuando ambiciona redondearlo todo asumiéndose como ese retrato de un rito perverso (diabólico, según los distribuidores locales del filme), que arrasa con todos a su paso en medio de su voraz excitación. Porque los mejores puntos de la película están apuntalados no necesariamente por la exhibición de lo sobrenatural, sino por la eclosión de esos descubrimientos por sobre la propia posibilidad de desbocar los sentidos e instintos. Mejor resueltas que las intrigas dentro de la familia Ra o que el alargado desenlace, están los descubrimientos, en pareja o en soledad, de esos dos amantes y sus apetitos. Solo por unos momentos, se ve algo de lo mejor del cine de Chan-wook Park aquí, cuando lo sensual restalla para ser viciado por una incierta moral.

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